Simuladores

La autopista Bellinson se encontraba especialmente congestionada ese día. Hileras infinitas de autos, circulaban a paso de hombre.

Esteban, como la mayoría de los automovilistas que se encontraban rehenes del cansino tráfico, no dudó en adjudicar la demora a algún conductor sin prudencia que habría generado un accidente.

La noche comenzaba a incursionar en el cielo de la ciudad, repitiendo una rutina a la que Esteban asistía puntualmente desde años atrás, cuando comenzó a trabajar en RDSL como asistente de marketing.

A él, siempre le complacía aprovechar cualquier excusa, para recordarle, a quien quisiera escucharlo, como fue ascendiendo en la empresa hasta ocupar su cargo actual de Gerente. Pero, como la memoria no suele regirse con indulgencia, también recordó cómo esos progresos laborales modificaron sus hábitos hogareños.

Debía reconocer que, cuando tenía menos responsabilidades en la empresa, llegaba más temprano a su casa, podía salir a caminar con su esposa Telma, conocía a los compañeros de escuela de su pequeño Tobías y si bien, su situación económica era bastante ajustada, se permitía “lujos”, ahora impracticables, como leer algún libro o participar en la asamblea de su barrio.

Pero, claro, pensaba Esteban, en esa época debía viajar en colectivo a su trabajo, no tenía un automóvil importado ni le habían asignado una cochera en la empresa, “cerca de la del Director”, como le gustaba remarcar.

Los bocinazos de los conductores lo rescataron de sus reflexiones y lo llevaron a proseguir la marcha.

A los pocos metros, un cartel de “Salida”, comenzó a tentarlo.

Si bien, la autopista era el camino más rápido y directo para llegar a su hogar en el exclusivo country “San Olivos”, su paciencia, antes ilimitada, parecía irse agotando con el correr de los años.

Recordó, por un instante, todas las recomendaciones, tanto de vecinos como de compañeros de trabajo, acerca de la inconveniencia de tomar el camino alternativo, que si bien tenía la ventaja de no pagar peaje, lo obligaba a atravesar el barrio marginal Villa Martino, donde según el noticiero de la cadena DH, vivía gente potencialmente peligrosa.

Decidido a no aguardar la evolución del tránsito, enfiló su automóvil hacia la salida mencionada, mientras esbozaba una sonrisa ganadora, abandonando la autopista con rapidez.

Al adentrarse en el barrio, su primera impresión fue una mezcla de lástima y miedo por lo extraño que se sentía en ese entorno.

Automáticamente, recordando los consejos recibidos, colocó el seguro de las puertas y levantó los vidrios de cada ventanilla.

Aceleró a fondo, pensando en que debía llegar a su casa, más temprano que ayer, porque no deseba encontrar nuevamente a Tobías ya cenado y durmiendo.

El pensamiento acerca de su hijo, lo sobresaltó:

-¡Tobías! –exclamó Esteban, mientras golpeaba con su puño el volante- ¡es su cumpleaños!.

Instantáneamente, sacó su computadora de bolsillo y observó que entre todas las reuniones del día, no reparó que había prometido a Telma que se ocuparía de conseguirle un buen regalo y ahora llegaría a su casa con las manos vacías.

Esteban pensó que debía encontrar alguna tienda abierta donde comprar algún juguete, pero dudaba que ese barrio tuviese algún negocio así.

Pronto se dio cuenta que el shopping más cercano se encontraba cerca de su trabajo, lo cual implicaba retornar al infierno de la autopista y asegurarse de llegar con su hijo dormido.

Mientras pensaba en las excusas que podía inventar para salvar la situación y comprárselo mañana, sin decepcionarlo a Tobías y también a Telma, observó que en el fondo de una calle transversal, se vislumbraba un cartel que indicaba “El Caldero - Tienda de Regalos”.

Bruscamente viró su coche en dirección al viejo local, deseando fervientemente que aún se encuentre abierto.

No le agradaba demasiado, la idea de descender de su automóvil en ese barrio careciente, pero tampoco podía esquivar su obligación.

Tampoco tenía demasiadas expectativas sobre lo que podía llegar a conseguir en esa ruinosa tienda, pero compraría lo más caro que hubiese con tal de evitar el papelón y luego, al día siguiente, más tranquilo pasaría por el shopping a buscar algo importado acorde a su poder adquisitivo.

Observando para ambos lados de la calle, en busca de alguna señal de peligro, Esteban descendió lentamente de su coche acercándose con cautela al portón de la tienda, para comprobar con decepción que se encontraba cerrado con unas gruesas cadenas.

En el momento que el frío de la noche lo empujó a asumir su culpa con creciente resignación, Esteban comenzó a girar hacia el auto, cuando le pareció vislumbrar algún movimiento en el interior del local.

Súbitamente, renació su esperanza y golpeó con insistencia el portón, tratando de conseguir que lo atiendan.

Aguardo unos instantes eternos, hasta que comprobó que del fondo de la tienda, casi en penumbras, se acercaba un anciano con paso vacilante.

Esteban, reunió la paciencia suficiente, como para aguardar a que el viejo desate las cadenas que le impedían la entrada al local.

Mientras tanto, una repentina sensación de que estaba siendo observado por alguien más ascendió por su espalda, lo que lo llevó a revisar que nadie se haya acercado a su lujoso automóvil.

Cuando regresó su atención a la tienda, se sorprendió de comprobar que el anciano ya le había franqueado la entrada y se dirigía hacia el mostrador.

Tímidamente, Esteban ingresó al local, balbuceando al acercarse al mostrador:

--Gracias por atenderme...

Aguardó un instante en silencio, pero como toda respuesta obtuvo un tenue movimiento de cabeza del anciano.

Se hizo un incómodo silencio, que Esteban aprovechó para observar que era lo que lo inquietaba del viejo, intuyendo que sufría una ceguera total. Para confirmarlo, Esteban levantó su mano, agitándola hacia ambos lados, sin que el anciano se inmute.

No podía asegurar el motivo, o encontrar el primordial, pero tenía la certeza de que no quería permanecer mucho tiempo con ese anciano, en esa tienda, en ese barrio. Así que fue al grano, tratando de resaltar cortesía y sinceridad en sus palabras:

--Mire, estoy necesitando un regalo como para un chico de doce años, algo especial, que lo vuelva loco, --Esteban tomó impulso a medida que hablaba-- que me haga quedar bien, no importa el precio...

El anciano, sin contestarle, se dirigió detrás de unas cortinas traseras, regresando minutos después, como siglos para Esteban, con una caja del tamaño de un libro en sus manos, que colocó sobre el mostrador, justo debajo de donde se encontraba ubicado Esteban en ese momento.

Sorprendido, Esteban tomó la pequeña caja con ambas manos, observando que se encontraba herméticamente cerrada y que poseía una etiqueta en su exterior, que indicaba:

“Simultron es uno de esos juegos de computadora, que a primera vista no parecen ofrecer nada especial. Pero, la verdad, es diferente. Puede ser considerado como un juego carente de argumento e historia, un juego que por su propia naturaleza no tiene principio ni fin y que lo atrapará por horas y horas.”

Si bien el texto del mensaje no abundaba en detalles o imágenes que le permitan a Esteban formarse una idea de las características del juego, el hecho de no tener otra alternativa mejor a su alcance, le reforzaba la confianza en que Toby le sacaría verdadero provecho y Telma le agradecería la atención.

Volvió a detenerse en el final del mensaje, casi sin darse cuenta, leyendo que: “lo atrapará por horas y horas”. Al subir su mirada, pudo observar que el anciano asentía con una enigmática sonrisa.

Rápidamente, Esteban revisó el precio que figuraba en la caja, acercando el dinero justo donde se encontraba el anciano, despidiéndose y agradeciendo, con una dosis de su fina ironía, la atención recibida.

Un instante antes de traspasar el umbral de la tienda, le pareció escuchar un tenue susurro:

--Ha sido un placer…

Dispuesto a no perder tiempo, en ardides que le provocaba su mente extenuada, ingresó raudamente a su automóvil y aceleró a fondo, ignorando los semáforos amenazantes para su decidida marcha.


Poco tiempo después, al acercarse a la entrada del country donde vivía, una vez que exhibió sus credenciales a las barreras electrónicas de la vigilancia, pareció recobrar las sensaciones de seguridad y confort que tanto le gustaba paladear.

Escondió la caja en una bolsa de shopping que encontró en el auto, y esbozando su mejor sonrisa, ingresó a su casa.

Rápidamente, la mirada de Telma, le advirtió que la armonía continuaba escaseando en su hogar.

El silencio se quebró con voz femenina:

--Pensé que iba a brindar yo sola con Toby…

Esteban acusó el impacto, tentándose de responder con su cóctel de excusas habituales que incluían desde promesas de llegar más temprano hasta reproches por los gastos suntuosos que sostenía sin protestar.

Pero, debido a la fecha especial, y aprovechando que Toby, al escuchar voces en el living, salió de la habitación dispuesto a abrazarlo, Esteban optó por ignorar el ataque:

--¡Feliz Cumpleaños, Toby! –exclamó, al tiempo que agitaba la bolsa donde estaba el regalo-- ¡Mirá lo que te trajo Papá!

El rostro de Tobías se iluminó, y pese a que siempre le retrucaba a su padre que no lo llame Toby, sino Tobías, esta vez sus mejillas se ruborizaron por la emoción, mientras Telma olvidó su gesto adusto por una sonrisa.



Al otro día, Tobías se despertó más temprano que de costumbre, agradeciendo la lluvia que se aproximaba.

Pese a que estaba en el período de receso escolar, sus papás no le permitieron prender la computadora después de cenar para estrenar su regalo y le habían planificado una salida a un parque, que seguramente sería suspendida por el mal tiempo.

Telma, en el desayuno, pudo percibir la ansiedad de Tobías, ya que lo tuvo que regañar varias veces, por el modo atolondrado en que se servía los cereales o casi vuelca su copa de leche con chocolate.

Inmediatamente, después de terminar el desayuno y de cumplir con las obligaciones domésticas que le exigían sus padres, Tobías pidió autorización a su madre para jugar.

Telma no había terminado de contestarle, cuando el niño ya había desaparecido de su vista.

Mientras encendía su computadora, Tobías se aseguró de cerrar la puerta de su cuarto, ya que no quería que nadie le interrumpa ese momento especial. Siempre pensaba que la luz del monitor era un reflejo hermoso, por lo cual se aseguraba de bajar casi totalmente la persiana de su ventana, hecho que le aseguraba una reprimenda de su madre.

Desde muy pequeño, los padres notaron que mostraba sumo interés por los vídeo juegos y que al poco tiempo de utilizarlos, finalizaba dominándolos a la perfección.

Con la habitación completamente a oscuras y con mucho nerviosismo, Tobías abrió la caja, mientras los relámpagos iluminaban las rendijas de la persiana.

Sacó con mucho cuidado el disco compacto del juego y lo introdujo en su moderna computadora, sintiendo intriga por conocer qué era lo “especial que lo atraparía por horas” según rezaba la etiqueta exterior.

Unos segundos después, se activó el proceso de instalación del juego al disco rígido, el que duró unos pocos minutos y que, para sorpresa de Tobías, se interrumpió por un trueno que se vio acompañado de un mínimo apagón que reinició la computadora.

Cuando la máquina volvió a prender, el juego se ejecutó automáticamente, sin intervención de Tobías, quien observaba encantado el atractivo menú de opciones que se le ofrecía.

Instintivamente, Tobías tomó el mouse de su equipo, pero no podía decidirse sobre que opción seleccionar, ya que todas resultaban tentadoras.

Al parecer, el programa no tenía intenciones de dejarlo debatirse mucho tiempo, porque a los pocos segundos de inactividad, activó por sí mismo la opción de “creación”.

Esto entusiasmó rápidamente a Tobías, quien pronto se encontraba diseñando en su pantalla, una bonita casa de dos habitaciones y patio.

Trató de que no se le escape ningún detalle, por lo que también pensó en agregarle una parrilla, revestir el exterior de la casa de blanco tiza y colorear sus tejas de verde agua.

Para equipar el interior de la casa, Tobías no escatimó recursos, ya que pudo comprobar que todavía le quedaba bastante dinero del que el programa le había asignado inicialmente. Por lo tanto, aprovechó para comprar una buen equipo de audio de alta fidelidad, una gran biblioteca con enormes colecciones de libros y por supuesto, una súper computadora.

Cuando Tobías pensó que su obra estaba terminada y que se encontraba frente a otro monótono juego más de diseño de ciudades, donde uno cumplía el rol de alcalde y administraba el tráfico y las finanzas, pudo darse cuenta que el programa le proponía, en pantalla, un nuevo desafío.

Ante sus ojos, una nueva fase se activó, posibilitando la creación del habitante del hogar que acababa de construir.

Un cosquilleo fue subiendo por su espalda, a medida que descubría que podía moldearlo completamente a su antojo, seleccionando su nombre, tipo de cabello, contextura física, sexo, color de ojos y demás detalles relativos al aspecto del nuevo humano.

Cada una de estas opciones fue cuidadosamente analizada por Tobías, quien no quería que su obra esté inspirada en ninguno de sus conocidos, para que sea su más genuina creación, libre de influencias de los adultos que lo rodeaban.

Para reforzar su idea de Dios absoluto del entorno del juego, decidió bautizar a su ser virtual como “Adán”.

Se quedó unos instantes contemplando la pantalla, sonriendo embelesado mientras le realizaba los últimos retoques al cabello de Adán.

Pensó que podría pasar un rato divertido, probándole unos cuantos peinados distintos, pero Tobías se sintió completamente seducido por la originalidad del juego, cuando le permitió delinear hasta el más mínimo detalle de la personalidad de “su creación”.

Pudo definir el carácter, humor, habilidades, signo zodiacal, temas de interés, miedos y hasta las inclinaciones sexuales de Adán.

Cuando Tobías finalizó de cargar el último parámetro, el programa le solicitó que confirme la creación, advirtiéndole que una vez creado, el proceso era irreversible y que como el personaje era autónomo e independiente, era su deber mantenerle una vida plena y feliz, creando las condiciones necesarias para que Adán pueda desarrollarse emocional y económicamente.

Un balde lleno de responsabilidad cayó de golpe sobre Tobías, quien hasta ese momento solo había estado a cargo de una pecera prestada por su primo unos veranos atrás.

Intentó darse ánimo, pensando que se trataba solamente de un juego y que, en su momento, pudo devolver sano y salvo el pez a su primo.

Tobías pulsó el botón de confirmación con firmeza, aguardando unos instantes hasta que la pantalla le devolvió la imagen de Adán ingresando al nuevo hogar, cuando se sobresaltó al escuchar a su madre que lo llamaba para almorzar.


Unos días más tarde, la cena transcurría sin demasiado diálogo, lo cual últimamente se había tornado bastante frecuente.

El fastidio le duraba unas cuantas horas. No había forma de que sus padres lograran arrancarle a Tobías una sonrisa esa noche.

La nueva decisión de sus padres de sólo dejarle usar la computadora una hora por día, lo tomó por sorpresa y cuando intentó discutirla recibió a cambio una andanada de argumentos tales como que “ya no ayudaba en la casa”, “que era demasiado tiempo para un niño de 12 años”, “que debía hacer otras actividades al aire libre con el resto de los chicos del country” y esos motivos lo único que lograban eran irritarlo aún más, porque si bien Tobías no tenía problemas en tratar de ayudar en las pocas tareas domésticas que realizaba su madre, no tenía ningún interés en jugar con los vecinos de su edad a quienes acusaba de snobs y con los que no tenía ninguna afinidad.

Tobías, aún echaba de menos su antiguo barrio, donde podía jugar con sus amigos del colegio donde hizo buena parte de la primaria y no se terminaba de acomodar a la idea de vivir “sin llaves”, tal cual le gustaba decir a sus padres, o “cercado, custodiado y aislado” como prefería replicarles él.

Por más que intento convencerlos, igual que cuando decidieron mudarse, ninguna de sus respuestas fueron válidas para sus padres, quienes terminaron amenazándolo con desconectarle la computadora, por lo tanto debería agudizar su ingenio con el fin de aprovechar al máximo del tiempo que disponía diariamente para utilizar su juego favorito.

Mientras Telma y Esteban discutían sobre el incremento en las expensas del country, Tobías interiormente se lamentaba de su inoportuna mala suerte, justo cuando, después de meditarlo un largo rato, había sumado a Eva, su nueva creación, para la alegría de Adán quien había mostrado unos crecientes índices de tristeza y aburrimiento en los últimos días.

Los sucesos del juego se desarrollaron según los planes de Tobías, aunque en forma gradual por el poco tiempo que le podía dedicar a sus criaturas, pero diariamente pudo comprobar como la afinidad entre la pelirroja Eva y Adán iba creciendo en intensidad y que ambos se encontraban muy a gusto de convivir en el hogar que él había creado, lo cual le llenaba de orgullo y aumentaba su deseo de continuar supervisando y cuidando, hasta el más mínimo detalle, la felicidad de su pareja virtual.



Al poco tiempo, comenzaron las clases y si bien a Tobías siempre le resultó fácil comprender los conceptos que volcaban sus maestros, ahora se sentía con poca concentración y, mientras su cuerpo estaba en el aula del Colegio Saint Paul, su mente buscaba el modo de poder comprar con los pocos fondos que le quedaban en el juego, todo lo necesario para el bebé que pronto agrandaría la familia de Eva y Adán. Súbitamente las risas de toda la clase lo llevaron a preocupaciones más terrenales, al darse cuenta que el profesor de Historia llevaba minutos llamándolo sin éxito.

Cuando ese martes a la noche Tobías encendió su computadora, revisó minuciosamente cada uno de los parámetros de sus criaturas, buscando algún síntoma de preocupación, cuando apareció un mensaje parpadeando en la pantalla que lo dejó estupefacto. El texto indicaba: “Usted está utilizando la versión limitada de Simultron, que se desinstalará el día Sábado”.

Rápidamente, Tobías comprendió que eso significaba el fracaso de todos los planes que tenía para sus criaturas, quienes serían borradas literalmente junto con el juego.

Al observar la pantalla, mientras contemplaba como Adán se acercaba a escuchar los latidos que provenían del vientre de Eva, quien parecía tener un dejo de tristeza en su rostros, como si adivinara el final próximo que les aguardaba, Tobías con lágrimas de rabia en sus ojos, se prometió que haría lo imposible por evitarlo.

Más tarde, antes de ir a dormir, Tobías fue a saludar a sus padres, quienes se encontraban observando un desfile de modas en el televisor.

Se acercó dudando del éxito de sus intenciones, pero igual trató de comentarles lo sucedido:

--¡No saben, qué mal! –exclamó Tobías, al tiempo que sus padres apartaban la mirada de la pantalla-- ¡El juego que me regalaron, yo diseñé un montón de cosas y es una versión limitada y para el sábado se me va a borrar todo!

Al escuchar de que se trataba, la madre volvió su atención al vestido de lentejuelas que recorría la pasarela con elegancia, mientras el padre subía el volumen del aparato a la vez que le decía:

--¡No te hagas problema, Toby! –mientras, sonriendo, le guiñaba un ojo -- ¡El lunes Papi te compra otro y listo!

Tobías, enfurecido, subió las escaleras con rapidez, cerrando bruscamente la puerta de habitación.





Al día siguiente en la escuela, casualmente le pareció escuchar en el recreo, una conversación donde dos compañeros de curso, charlaban sobre un sitio de Internet donde se podían conseguir los mejores trucos para los juegos más populares del momento.

Como Tobías era nuevo en el colegio, todavía no tenía muchos amigos, y si bien había intentado averiguar si alguno de sus compañeros tenía o conocía Simultron, siempre lo miraban extrañados y le contestaban que nunca lo habían escuchado mencionar. Las veces que Tobías quiso prestárselo a algún chico, siempre se lo devolvían diciéndole que estaba fallado y que no se podía instalar.

Esa noche luego de hacer las tareas, cuando estuvo en su casa, al frente de su computadora, dentro de la hora permitida por sus padres, no dudó en usar unos minutos de su tiempo para conectarse a Internet y dejar un mensaje urgente en el sitio que había oído mencionar, solicitando algún tipo de ayuda o código secreto para poder mantener con “vida” a sus queridos Eva, Adán y el esperado nuevo integrante.

Para Tobías el solo pensar en que no iba a poder observarlos crecer, o compartir con ellos un evento tan importante como la llegada del bebé, y que sus criaturas acabarían eliminadas, echando a perder todo su trabajo de meses, le generaba una angustia enorme, así que ese día puso especial atención en tratar de evaluar si en los actos de Eva y Adán había algún atisbo de presentimiento de lo que el sábado les podía ocurrir.




Esa semana, antes de apagar su computadora, cada día, Tobías se reservaba unos minutos para revisar si había respuesta a su mensajes en Internet en busca de alguna ayuda salvadora para el exiguo plazo que les restaba a sus criaturas, situación que había repercutido en el estado de ánimo de Eva y Adán, quienes parecían más apáticos y desinteresados en sus tareas, a medida que se acercaba el sábado, como si estuvieran resignados.



Pero, la noche del viernes, la suerte cambió radicalmente...

El rostro de Tobías se iluminó al recibir un mensaje electrónico en Internet que decía:

“Toby:

El código que debes teclear en Simultron para la versión ilimitada es X+USA/X+666.

SilvioA@Tanico”

Al principio le intrigo cómo sabía su detestado apodo, pero si bien había firmado su mensaje original como Tobías, imaginaba lo fácil que era suponer que lo llamaban Toby. Luego comenzó a escribir a un texto de agradecimiento al remitente, pero creyó que sería conveniente no perder más tiempo en tonterías y probar el código de una buena vez...

Segundos más tarde, su corazón comenzó a latir cada vez más fuerte, mientras ingresaba cuidadosamente los códigos recibidos, para contemplar con júbilo como la pantalla le informaba que ahora poseía la versión sin limitaciones de Simultron y que podría llevar a cabo todo lo que había soñado para el bienestar de sus criaturas.

Tobías estaba tan contento que luego de dar una vuelta olímpica por la habitación y saltar varias veces sobre su cama, no sabía si empezar a comprar cosas para el futuro bebé o conseguirle un vestido a Eva para que festeje con Adán, pero decidió que lo mejor era enviarle un mensaje de agradecimiento al desconocido que le brindó semejante secreto.




Una brisa de primavera pareció asomar paulatinamente en la vida de Tobías, que observaba admirado, día a día, como Eva y Adán estaban más unidos que nunca, criando juntos al pequeño David, que hacía acariciar el tope de los indicadores de felicidad y bienestar de la familia.

Gracias a que sentía, con profundo orgullo, que sus criaturas estaban bien encaminadas, Tobías pudo concentrarse más en el colegio, aprobando con lo justo el primer tramo de séptimo grado.

Unas noches después, mientras revisaba su correo de Internet, ya sin tanta urgencia y ansiedad, observó que su mensaje de agradecimiento hacia quien le proporcionó esos códigos exclusivos, había regresado sin entregarse, indicando que la dirección del destinatario no existía.

Tobías se lamentó, porque le hubiera gustado poder compartir con alguien su éxito, así que se comprometió a buscar en la guía telefónica la forma de contactar a SilvioA@Tanico. Estaba decidido a llamarlo por teléfono, comentarle y agradecerle los efectos de su ayuda y tratar de retribuirle con algún consejo valioso sobre el juego.

Mientras en el comedor de su casa, su madre miraba televisión, aguardando que por fin llegara Esteban de trabajar, Tobías desconcertado comprobaba que no iba a poder ubicar tan fácilmente a su benefactor, ya que tampoco figuraba en la guía ninguna persona de apellido Tánico.




Pocas semanas después, llegó el receso escolar de invierno, y los padres de Tobías decidieron regalarle una bicicleta azul oscuro, por haber aprobado los exámenes escolares, pero también con el objeto que pase más tiempo al aire libre y que trate de relacionarse con los otros chicos del country.

Si bien Tobías, no era un fanático de las actividades deportivas, el poco trabajo que le llevaba supervisar la felicidad de sus criaturas y su intención de tratar de mejorar la relación con sus padres, eran motivos suficientes como para darle una oportunidad a la bicicleta y quién sabe hasta para conocer a alguien interesante...

Luego de unos cuantos días lluviosos, finalmente un sábado amaneció soleado y Tobías pudo estrenar su regalo.

Con las recomendaciones de su madre a cuestas, sobre no alejarse mucho y que tenía prohibido traspasar las barreras del country, Tobías comenzó su paseo, disfrutando del suave viento que acariciaba su rostro.

Poco a poco, en su recorrido, fue observando como el paisaje del country caía en una monotonía absoluta de casas suntuosas, autos importados, palos de hockey, canchas y carteles en inglés. Más adelante podía adivinar, el perfil del edificio donde asistía a clases y la cúpula de la lujosa iglesia exclusiva que habían inaugurado los socios recientemente para evitar tener que compartir la misa dominical con los vecinos humildes que vivían fuera del perímetro cercado.

Todo esto, no hacía más que acentuar en Tobías su nostalgia por volver al viejo barrio donde se había criado, y donde podía ver colectivos, bromear de fútbol con el diariero, o curar, con sus amigos de la cuadra, a algún perro callejero lastimado.

Tal vez, pensó Tobías, si desoía las recomendaciones de su madre y traspasaba las barreras del country, podría recorrer en bicicleta un barrio común donde encuentre chicos para hacerse amigos y pueda recuperar una porción de lo que extrañaba.

Con decisión, pedaleó hasta donde los guardias fuertemente armados le franquearon la salida, abriendo los portones eléctricos que derivaban en la cinta de asfalto que unos metros más adelante, donde Tobías aminoró su marcha, se bifurcaba en dos caminos, uno que conducía a la ruta hacia la Capital y otro de tierra polvorienta que llevaba hacia el barrio.

Al llegar a las primeras cuadras de Villa Martino, Tobías se encontró con un paisaje totalmente distinto, veía a las humildes ancianas cargar sus bolsas al salir de la feria comunal.

A su izquierda, se vio atraído por los puestos ambulantes cubiertos con gran variedad de mercancías, mientras un heladero con su carro y silbato alborotaba a los más pequeños del barrio.

Más allá, un grupo de muchachos trataba de empujar un viejo auto destartalado del que salía un rock’n’roll a máximo volumen, brindándole a Tobías, un sinfín de imágenes que creía completamente olvidadas.

Estaba tan entusiasmado con el aire que se respiraba ahí, que pensaba en tratar de diseñar, en Simultron, un auto así para que Adán pueda salir a pasear con Eva y David.

De pronto, Tobías reparó en que lo estaban llamando, con silbidos, unos chicos que habían improvisado unos arcos de fútbol con piedras y ramas:

--¡Eh, vos! –gritaba uno de los chicos, que vestía una vieja camiseta con el número 9 a medio despegar en la espalda- ¡Dale, que nos falta uno!

Tobías no lo dudó ni un instante, rápidamente dejó la bicicleta al costado de uno de los arcos, y embarró sus zapatillas importadas pateando una pelota desgajada por tantos puntinazos.

Después de unos cuantos goles, patadas y abrazos con sus compañeros y rivales, Tobías se dio cuenta de que estaba empezando a oscurecer y que si sus padres se enteraban de que había salido del country, sería castigado y él tenía muchas ganas de poder usar su computadora está noche, con el fin de diseñar una pelota para que Adán pueda enseñarle a patear a David desde chico.

Tomó su bicicleta y pedaleó con fuerza, intentando encontrar el camino de regreso para llegar a su casa antes de que sus padres retornen del club.

De pronto, cuando la bicicleta había cobrado una velocidad increíble, el llanto de un bebé sacudió la atención de Tobías, quien instintivamente giró su cabeza hacia la bonita casa de tejas verdes de donde parecía surgir el sonido, sin reparar en que la rueda delantera de su bicicleta chocaba contra una pesada piedra, provocando que su cuerpo salga despedido por el aire...

En esas décimas de segundo, mientras su cuerpo parecía suspenderse en las alturas del sábado para caer en cámara lenta, Tobías conmocionado, llegó a ver como una mujer de abundante cabellera rojiza trataba de calmar el llanto del bebé, antes de impactar contra el suelo polvoriento del umbral de la tienda “El Caldero de S. A. Tánico”.



Todavía confundido, sin poder despertar, lo primero que pudo percibir eran unas manos suaves que acariciaban su pelo con ternura.

Mientras luchaba por salir de esa nebulosa oscuridad, le pareció escuchar una voz femenina, que decía con dulzura:
--¡Parece que ya se despierta!

Con sus estados envueltos en un remolino, pudo volver a abrir sus ojos, aún sensibles a la luz del Sol que se filtraba por entre las cortinas, para observar aturdido la familiar figura femenina que mientras sostenía al bebé, le decía:
--¡Viste, David, Papi ya se despertó!


Autor: Franco Arcadia
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