Vermú

Es la hora del vermú. Aunque nunca haya tomado ninguno. Y hoy no va a ser la excepción. En fin, me han podado el árbol de la entrada. Hay siempre algo de tragedia griega en un árbol desmochado. Tiene una desnudez no física, como si le hubiesen dejado el alma al descubierto. Y sabemos que eso es peligroso. El alma es asunto que huye de los templos y se acomoda entre los olivares y las rosas de las afueras. Eso lo sabían muy bien los poetas místicos de todas partes que buscaban el corazón de Dios en el laberinto de la flora. Buscar a Dios. Palabras mayores. Buscar, verbo que resume la vida. Aunque a todos nos pasa como a Colón, que hallamos siempre lo que no andamos buscando. Vivimos tiempos en los que la búsqueda se reduce a un clic de ordenador. Y eso es malo. Pero es lo que hay. Hoy no peregrinamos a las catedrales, acudimos en interminables procesiones a los grandes almacenes. Hoy nada tiene sentido si no cabe en un carrito de Carrefur. Tiempos mágicos estos en los que algunos frigoríficos hacen la compra por internet. Tal vez mañana células humanas anidarán en el corazón de los cerdos y una rata de laboratorio tendrá voz de Pavarotti. Elegiremos los niños por catálogo -mil dólares por unos ojos azules- y un ejecutivo emprendedor elegirá trabajadores catedráticos y sumisos si no hacemos caso del profesor Bernat Soria. Fascinante mundo el de la genética en el que pretenden convencernos que el fin justifica los medios. Vencer la enfermedad está más cerca que nunca, nos dicen por televisión y en los diarios. La eterna juventud trastocando cuatro genes. Pero, de qué sirve un cuerpo sano y perfecto si lo hemos construido sobre la putrefacción del alma, esa cosa tan etérea y escurridiza que abandona el barco cuando llega la muerte; esa amante que besa con sabor a mandarina y crisantemos. Oscar Wilde y Aldous Huxley ya dijeron algo al respecto. Una avioneta surca el cielo con una enorme pancarta que reza: Ya está aquí la Navidad. Hace tiempo que me he perdido en la batalla entre Papa Noel y los Reyes Magos. Qué le vamos a hacer. Mientras tanto cae la nieve por el norte y la carcoma se come la Historia en la fría y gris Venecia de Aznavour. Esa Historia que se ignora al calor del egoísmo. Esa Historia de lo sido: decrepitud y progreso. Esta Europa adoradora del pleonasmo que se arremolina en el dinero, ante el altar de su euro primerizo. Poderoso caballero es Don Dinero. Poco amigo de los sonetos de amor y los boleros. Tal vez por eso recurre a sus neurosis, embebida en Freud y Kafka, y llega a la conclusión de dar la espalda y mirar hacia otro lado. Europa fue una emigrante comida por los piojos, un fantoche con bigotes de fascista, una metrópoli hambrienta de oro. Ese oro indígena al que no aplicamos ninguna ley de extranjería. Ahora las tataranietas de ese oro repueblan los burdeles donde se excitan los machos de Occidente. Vanidad y olvido. Nuevos viejos dioses en el Olimpo de una Europa que nada dice ni lo intenta. Europa nace de verdad el 1 de enero de 2002, como una concubina insatisfecha que sólo acepta el color de unas monedas. Es la hora del vermú. La hora en que las golondrinas parten hacia el sur. Ese sur literario y mísero del que están tratando de escapar los hijos del olvido.


Autor: Leo Ortiz
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