Pasion en Baires

Eran días de mucho calor en Buenos Aires.
La humedad de Enero sofocaba y la lluvia se hacía desear.
Gerardo sale de su casa como siempre hacia su trabajo.
Viste traje gris, camisa blanca y corbata con arabescos de colores.
Corre presuroso hacia la parada del colectivo.
Mira su reloj y se resigna.
Se le hacía tarde otra vez, seguro le iban a descontar el presentismo.
Maldijo su suerte y siguió su camino, ya no con tanto apuro.
Lamentaba tener que enfrentar al gerente que era un tipo asqueroso, siempre que podía trataba de menospreciarlo.
Gerardo es contador y trabaja en un banco desde hace seis años.
No esta nada feliz con su empleo, no le gusta lo que hace, no soporta a su jefe y casi no se habla con sus compañeros.
Fue el último en llegar a la sucursal y por eso sigue siendo llamado “el nuevo”.
Durante noches enteras no podía dormir, porque le sacudían la mente los recuerdos de todas las ilusiones que de joven tenía.
Había estudiado sacrificadamente cinco años para recibirse, con el propósito de montar un estudio contable y vivir de eso dignamente.
Pero el cierre de una cooperativa, debido a la inestabilidad del país por estos años, hicieron que perdiera todo el capital que, con esfuerzo, había juntado para tal fin.
Terminó con un diario bajo el brazo implorando trabajo y canjeando su diploma de honor de la UBA a cambio de un puesto mediocre en un banco extranjero.
Debía ser temporario hasta ahorrar unos pesos y levantarse nuevamente, pero casi sin darse cuenta, ya habían pasado seis años.
Cargaba casi en forma permanente sobre sus hombros una sensación de fracaso que hacía que se aislara de la gente. Se sentía disminuido y por eso era poco amiguero.
Se había casado hace casi cuatro años con Gabriela. Una chica que casi no conoció antes de dejarla embarazada.
Gabriela era linda, aunque un poco insulsa. No tenía mas de 20 años cuando entró al banco. Fue a llevar un currículum, la atendió Gerardo, y casi enseguida simpatizaron.
Solo salieron tres veces y solo las dos últimas tuvieron sexo.
En seguida se alejaron, porque no querían compromiso.
Pero al poco tiempo un test casero de embarazo, lo confirmaba.
Después de la noticia inesperada, comenzaron a intimar y se gustaron.
Ella era una mina copada, buena compañera y bastante comprensiva.
Tenían gustos parecidos, como la música y el cine.
Visitaban museos de arte abstracto, que juntos disfrutaban.
A ambos les gustaba leer, aunque extrañamente casi no lo hacían.
Había períodos que compartían su tenacidad por el gimnasio.
Otras, su exceso por el buen vino y la comida.
Tenían pocos amigos, pero se relacionaban con otras parejas que habían conocido en el complejo de edificios donde vivían.
Cuando nació Tomás, el creyó estar en las nubes.
Fue mágico, sintió amor, aunque también mucho miedo.
Sabía que iba a ser un padre bueno, aunque temía no poder ser un buen padre.
Nunca había sabido poner límites firmemente y estaba convencido que los que no se ponen en la infancia, los termina poniendo la policía cuando grandes.
Por eso dudaba por la educación que podía darle a su hijo.
Pero sus miedos mas grandes habían pasado y ya lo estaba superando.
Ahora después de unos años, creía estar haciendo un buen trabajo.
Tomás era su vida, lo amaba con locura.
Verlo crecer, aprender hacer cosas y recibir tanto amor de su parte, lo colmaba.
Con Gabriela, si bien a veces discutía, se respetaban y procuraban cuidarse mutuamente.
Estaba contenido afectivamente, aunque nunca creyó estar enamorado.
Gerardo amaba los domingos en su casa, cuando los tres juntos desayunaban en la cama.
Era lo mas parecido a la felicidad que había sentido.
Esa mañana estaba apoyado en el semáforo de Rivadavia y Lacarra, esperando el 5 que lo llevara a la oficina.
Estaba por cumplir cuarenta en unos días, por eso estaba bastante bajoneado.
Tenía un excesivo miedo a envejecer y eso hacía que estuviera permanentemente pendiente de su imagen.
Aunque no ganaba un sueldo muy alto, podía comprarse algunos ambos a crédito y por eso vestía elegantemente.
Frecuentemente se le ocurría fantasear con el tipo que sería si Gabriela no hubiera quedado embarazada y si Tomás no hubiera nacido.
Se imaginaba solterón y feliz. Conocía del placer que le daba estar solo.
Marcos divisó al colectivo acercarse y le hizo una seña para que se detenga.
Subió, colocó las monedas en la máquina y retiró su boleto.
Caminó unos pasos hacia atrás, hasta que un montón de gente aprisionada detuvo su paso.
Se quedó ahí parado, medio adormecido, mirando por una ventanilla que tenía de frente.
Su momento de gloria aunque mínimo llegó, cuando un asiento se desocupó y el pudo sentarse.
Sacó el Clarín del portafolio y ojeó ligeramente los títulos cada vez mas tendenciosos.
No creía en nada de lo que ese diario decía, aseguraba que estaba comprado por el gobierno que por esos días presidía Kirschner y señora, aunque sorprendentemente lo seguía leyendo.
Su vida profesional era gris, como su traje, y no estaba contento con lo que le había deparado el destino.
Cada día que pasaba reafirmaba mas la sensación que del banco iba a irse jubilado, y eso no le gustaba nada.
Sabía que tenía talento, aunque nunca tuvo la chance de mostrarlo.
Pero lo que mas lo colmaba era que dentro de unos meses, Tomás iba a comenzar el jardín de infantes y eso lo hacía sentir orgulloso.
Era un chico dulce como la miel, rebosante de simpatía.
Dio gracias a Dios por tenerlo, porque el lo mantenía vivo.
Acercándose a Diagonal Norte, volvió a mirar por la ventanilla. Ya faltaba poco.
En ese instante el colectivo se detuvo en el semáforo.
Ahí la vio por primera vez y quedo cautivado por su belleza. Cruzaba casi al trotecito la avenida con una elegancia sublime.
Era alta, delgada y lucía un corte carré en su cabello negro intenso.
Vestía un trajecito tipo Channel de color olivo, sandalias negras y tenía un gran pañuelo de gasa al tono en su cuello.
Gerardo se encandiló. Cuando pasó frente a el, la miró a los ojos y murió de amor.
De su cuerpo brotaron sensaciones que no recordaba haber tenido.
Como hipnotizado bajo del micro, sin control de sus actos.
La buscó entre la multitud de personas que a ritmo casi desesperado trataba de llegar a horario a su trabajo.
Dio varias vueltas por el lugar ya resignado a no encontrarla, y raudamente emprendió su huída, porque sabía que de tenerla frente a frente, probablemente nada le diría.
Se sintió bastante estúpido y enojado con el mismo, decidió caminar hasta el banco, no quedaba lejos.
Cuando llegó a la oficina miro el reloj. Eran las 9.12 hs. No estaba tan mal, después de todo.
Pasó raudamente por lo del gerente esperando la reprimenda, y vaya sorpresa, tampoco había llegado.
Suspiró aliviado, otra vez había zafado.
Se sentó en el sillón de su escritorio y comenzó a revisar papeles.
En el taco y escrito con marcador rojo decía:
12.30 hs. ALMUERZO CON SARPAKIAN.
Sarpakian era uno de los mejores clientes del banco.
Era un armenio, medio prepotente y con pinta de mafioso, que se dedicaba a las telas, alfombras o algo así.
Hacía rato que tenía que reunirse con el, porque amagaba con cerrar la cuenta, por una discusión boluda que había tenido con un cajero.
La mañana transcurrió con normalidad. Revisó algunas planillas, hizo algunos llamados de rutina y cuando se quiso acordar era casi mediodía.
Llamó a Sarpakian al celular, para arreglar el encuentro.
Lo atendió medio malhumorado. Cuando le dijo de la cita, el turco alegó haberse olvidado.
-Perdóname Gerardo, pero se me fue de la cabeza- dijo como disculpándose
-A esa hora tengo que juntarme con la bruja, porque como siempre viene a buscar plata, vos viste con son... unas yeguas- agregó-, intentando hacer notar un acento cómplice.
-Pero si te va, porque no te venís a Sarkis. Yo voy a estar ahí con ella y cuando vengas le doy el pire-
Gerardo aceptó, abordó un taxi y se dirigió al lugar de encuentro.
Entró al restaurante y giró sobre sí mismo para divisar la mesa que Sarpakián ocupaba.
Lo vio de frente, ahí estaba, con una actitud soberbia y ordinaria.
El turco levantó un brazo, llamándolo como si fuera un mozo, y casi gritando le dijo.
-Vení flaquito, sentate acá- Y corrió una silla.
De espaldas estaba una mujer que sería su esposa, pero ni se dio vuelta para mirarlo.
Gerardo caminó hacia la mesa, dibujando forzadamente una sonrisa.
Se sentó en donde Sarpakian le había indicado extendiendo su mano derecha para recibirlo.
Giró la cabeza, para saludar a su señora y ahí estaba nuevamente.
Era la morocha que unas horas antes le había movido el piso.
Se saludaron cordialmente, aunque notó cierta tensión en el ambiente.
Se dio cuenta, casi de inmediato, que estaban discutiendo.
La chica tenía sus ojos enrojecidos de haber llorado.
El armenio, con tono imperativo, se dirigió a su mujer y le ordenó:
-Vos te estabas yendo, no??-
La mujer se levantó, sonrió por compromiso y dijo.
-Si, se me hace tarde-
Volvió a saludar y se fue rápidamente.
Gerardo la miro alejarse de reojo y flasheó. Estaba realmente buena.
Tenía un culo duro y perfecto, que se dejaba desear, a pesar de no lucirse demasiado por su trajecito Channel.
-Las minas son todas iguales- le comentó el tipo. ­Son todas putas, todo lo que quieren es tu plata-, vociferó desubicado.
Gerardo con mucha cintura cambió inmediatamente de tema y fue a lo que el importaba.
Después de un rato de aguantar reproches, pudo calmar al turco, que prometió olvidar el incidente con el cajero y seguir con su cuenta.
Comieron carne cruda, aunque a el le resultaba repugnante.
Tomaron dos cafés cada uno y se despidieron.
Gerardo no veía la hora de irse de ese lugar, ese tipo lo irritaba.
Salió del restaurante y enfiló por la calle Thames buscando nuevamente un taxi que lo devolviera a la oficina.
Estaba parado en la esquina, cuando un Audi gris plata se detuvo frente a el.
Vio como se bajaba la ventanilla del lado del acompañante y como la morocha se asomaba.
-Vas para el centro???- si querés te llevo, lo desafió.
Gerardo no lo entendía, creía estar soñando.
Si, voy a Diagonal Norte y Florida, estaba esperando un taxi- respondió.
-Dale subí, que voy para ese lado- y le abrió la puerta para que ingrese.
Dudó por un instante, aunque mínimo. La adrenalina que sentía en su cuerpo era mas que excitante.
Subió a ese coche dispuesto a todo. No le importó no volver a su trabajo, ni su familia, ni la fama de violento que arrastraba el armenio.
La observó con detenimiento. No podía creer que estuviera tan buena.
En eso sonó un celular, era el de el.
-Discúlpame, tengo que atender-, le indicó.
-Claro, no me molesta-, la morocha le contestó dibujando una sonrisa en su perfecto rostro.
Mientras hablaba, Gerardo la miró disimulado.
Estaban estacionados todavía, junto al cordón de la vereda.
Ahí estaba ella, altiva e impactante, clavándole la mirada.
El, apartó la vista, pero cuando volvió a mirarla, la mina seguía provocándolo.
No podía concentrarse en la charla que estaba teniendo por teléfono.
Recordó lo que el armenio le había dicho, que eran todas unas putas, y se sintió excitado.
La morocha esperó a que terminara de hablar, antes de arrancar el auto, y con una sonrisa cómplice le dijo:
-Soy Alejandra-, y acercó su mejilla para besarlo.
-Encantado de conocerte, yo soy Gerardo-, correspondió su saludo.
La mina lo miró y lo sorprendió cuando le dijo:
-Ya se, Julio me lo dijo-
El estaba en las nubes, algo así nunca le había pasado.
-Estás apurado???, porque tengo que pasar por mi casa a buscar el celular que me lo olvidé al salir, es acá cerquita, a un par de cuadras-, lo incitó.
Era una manera elegante de decirle, vamos ya que quiero garcharte.
El estaba un poco tenso y un poco impresionado, pero no de tímido, sino de sorpresa.
Estaba palpando el ambiente, no podía equivocarse.
A ella se la notaba resuelta y avasallante.
Se notaba que controlaba la situación, caminaba por la senda de su antojo
Llegaron a un edificio lujoso y sin dudar Alejandra entró el Audi a la cochera.
-Es un toque nada mas. Tengo que estacionar adentro porque no se puede parar en ningún lugar por acá..., ya me hicieron un montón de boletas- ..., y se le escapó un gesto pícaro por haber dicho eso.
El contestó la provocación con un beso en su boca.
Alejandra se bajó del coche y decidida, lo tomó de la mano y caminó hacia el ascensor.
El la seguía, extasiado.
En el pasillo se cruzaron al encargado y a un par de vecinos, que la saludaron.
Todos lo miraban mientras ella lo abrazaba y lo seducía.
Gerardo estaba en llamas, quería desnudarla y cogerla ahí mismo.
Cuando se cerró la puerta del ascensor, se le tiró encima.
La besó apasionadamente mientras ella se estremecía.
Puso su mano por debajo de su pollera y le corrió las bragas, que a esta altura estaban empapadas.
Cuando las puertas se abrieron, Gerardo la tomó de la cintura y dominante le dijo:
-Voy a cogerte como nadie te cogió antes, putita-
Alejandra creyó desmayarse por la excitación que tenía.
Entraron al departamento y corrieron a la cama.
Se arrancaron la ropa, alterados por tanta calentura.
Se amaron por horas, habían perdido la noción del tiempo.
Gerardo supo que lo que estaba sintiendo, nunca volvería a sentirlo.
Disfrutó ese momento como si fuera un milagro.
Cuando miró la hora, eran casi las cinco. Todos en el banco estarían preocupados.
-Tengo que irme-, le dijo, y le dio un beso majestuoso.
-Te acompaño a la puerta, hermoso-, le contestó Alejandra embobada.
Ya en el ascensor, se intercambiaron los números de sus celulares. Prometieron volver a verse y continuar con lo que habían empezado.
Cuando regresó al banco el gerente lo estaba esperando furioso.
Gerardo intentó una excusa, que aunque poco creíble, apaciguó los ánimos.
Al llegar esa noche a su casa se sintió renovado.
Besó a Gabriela y se abrazó cariñoso con Tomás.
Cenaron juntos y después se tiraron en la cama a ver una película.
Ese instante lo colmó, ...deseó que fuera eterno.
Y aunque la experiencia con Alejandra lo había mejorado, se propuso intentar lograrlo, y volvió a elegirla.
Nunca mas se llamaron, aunque ese día siempre lo recordarán.
Se habían propinado una cogida colosal.
Lejos, muy lejos, la mejor de sus vidas.


Autor: Gabriel Roman
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