La muerte es solo una estación de paso

Si supiera que viviendo eternamente
podría solucionar la mitad de los problemas
que rondan en mi cabeza,
quizás lo haría.

Pero, ¿para qué vivir con ese dolor
que desde hace tanto tiempo me acecha
y no muestra signos de abandonarme?
Ese dolor que siempre estuvo ahí.

Quiero reflejar pena en mi rostro
y me es imposible.
Quiero demostrar alguna emoción
pero todos mis intentos son en vano.

Ahora sé
que no es tan fácil
como parece.

Vivo días de depresión
y una vida demasiado afortunada
y demasiado desgraciada
al mismo tiempo.

La fortuna me salió gratis,
la desgracia me costó trabajo,
de la primera me avergüenzo,
de la segunda me enorgullezco.

Soy un patético ejemplo de miseria humana,
soy aquel que no valora, que no entiende nada.
Mis ansias de saber mueren con la ambición,
mis posibilidades de triunfar son una en un millón.

Sabiendo lo que se me es difícil seguir en pie,
mantenerme firme como una erección en la nieve,
siendo el único sin paraguas cuando llueve,
muriendo en el momento y lugar menos indicados.

Pero aquel dolor continúa conmigo.
Pero todavía no caigo en la cuenta
de que siempre lo hará
pero... nada de peros.

Cuando el momento llegue, llegará,
y con él lo harán hordas de hombres elegantes
vestidos de etiqueta y con mujeres coquetas,
con una copa en una mano y una pistola en la otra.

Con una flor en el saco,
con una billetera en el bolsillo,
con un pie en un zapato
y el otro descalzo.

Así van a llegar,
caminando por la alfombra roja
con lunares verdes
y aceite de soja.

Y así van a morir,
como vos,
como yo,
como Vladimir.

Así van a morir:
con una estaca
en el corazón.



Autor: Ernesto Orellano
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