"Los límites que separan la Vida de la Muerte son muy oscuros e indeterminados. ¿Quién puede asegurar dónde acaba la una y donde comienza la otra?"
(El Enterramiento Prematuro - Edgard Allan Poe) "Dije: - Los que tienen los ojos abiertos siguen mirando. El jefe se detuvo, yo también. Sentí que entendía y que me importaba lo que había entendido: - Miran.como si miraran para adentro, pero con horror."
(Los Suicidas - Antonio Di Benedetto)
Leyenda:
1) Morir. Quizás zozobrado de lenta agonía; quizás de manera fulminante e inmediata; quizás ahogado por un grito que, pugnando por exteriorizarse culmine allí, atrapado penosamente en la garganta. Quizás con los ojos abiertos y desorbitados; o quizás con los párpados cerrados para poder observar hacia el interior y ver, por fin, la partida del alma ante el suspiro, una imagen melancólica y turbulenta, semejante a aquellos días grises de lluvia intermitente y pesada humedad.
Allí radica la verdadera esencia del origen, en el último suspiro, el de mayor envergadura, pues en él se engendrará el adiós al cuerpo, a la materia, a la potencial putrefacción. Bien podrá tornarse prolongado, o tal vez resultar intempestivamente acotado en virtud de haber cumplido ya con su cometido, el cual es tan importante como la concepción misma, ya que será el pórtico por donde se efectuará la huida. Eso cuando la pronta salida sea velozmente localizada por el alma, hallazgo misterioso y a la vez tranquilizante, condición determinante y fundamental para alcanzar la Plenitud. Por ello bienaventuradas las ánimas que dieron o den prontamente con la puerta de salida, ellas conocen o conocerán lo que es la Dicha alcanzada a través de la paz y de la seguridad, más lejos de sucumbir, por primera vez sabrán y comprenderán aquello a lo que ciertamente puede denominarse Vivir, situación ajena a la materia, siempre perecedera, y vocablo mal utilizado por nosotros. ¨Los Mortales¨.
Es mi deber manifestarles que, penosamente, el relato que pasaré a compartir a continuación, dejará de lado el recorrido, actividad y asentamiento, de tan afortunados espíritus, es que en realidad desconozco dichos sucesos, puesto que hasta aquí llega mi vago conocimiento de la dichosa etapa eterna. Por el contrario, he de contarles la cruenta situación de la pavorosa etapa eterna, una que acarrean y acarrearán consigo, por los siglos de los siglos, las almas que no consiguieron escapar, las que continúan anejadas a la materia, sufriendo de incomunicación, agusanamiento, dolorosas mutaciones y esclavitud, respecto a éste tema conozco lo suficiente en razón de haber sido compelido a enfrentarlo por la fuerza en una noche eterna de determinado fin de semana padecido antaño, aunque a decir verdad aún lo padezco. Dicha noche, una que aún me provoca escozor y me hace dudar de mi lucidez y de mi capacidad mental, me topé de cerca con el destino funesto de los oscuros Seres. Estas ánimas que detestan la paz, odian con rabia la felicidad y la dicha, por haberse visto excluidas del contacto con ellas, atento no haber localizado oportunamente la precitada Salida.
2) Promediaba la límpida noche en un intermitente Octubre de cierto año pasado, aunque bastante próximo en realidad, cuando el incesante vacío sonoro, uno insoportablemente enfermizo, colmaría mi sufrimiento. Noche tras noche, el abismal silencio recubría con un sinnúmero de gruesas capas la totalidad de las recordadas y aisladas Tierras adyacentes a "La Laguna del Ocaso", sitio claramente predestinado a ser visitado con continuidad por personas de reservado carácter y profuso amor por el ámbito rural y el verde abundante, hegemonizante en derredor de sus pacíficas aguas.
Mi padre habíalo visitado por primera vez cuando joven y jamás dejaba de citarnos sus maravillosas bondades, pero su rostro opacábase, como un espejo con el húmedo aliento, en razón del notoriamente pobre, escaso, acopio económico con el cual contábamos en mi temprana niñez, escasez que al no verse prontamente subsanado había logrado gravitar en el lazo de amor de mis padres y que pronto se revertiría, por precisos emprendimientos y afortunados negociados. El varonil rostro de mi antecesor, tan entrañado en la actualidad por mi persona, por consiguiente también habíase revertido para bien, pues gracias a la buena racha económica, la alegre exteriorización visual de su cara no sería más que un fidedigno reflejo de su estado anímico, el cual volvía a afianzar la relación, el vínculo, existente entre mis progenitores.
¡Cuantas veces escuche blasfemar con relación a que el dinero no trae la felicidad.! Si para mi padre la felicidad se configuraba en el simple hecho de tener la posibilidad de sentarse modorrando al lado de un enorme árbol de grueso tronco que, por ignorancia desconozco su especie, aspirar aire puro y ser rosado por la tenue brisa refrescante, mientras descansando arrellanado lograba sostener con su mano derecha una caña con vieja tanza y anzuelo, sin importarle el resultado respecto a la cantidad de la pesca, ni preocuparse tampoco por la calidad de la misma, creo que aquel sujeto de apariencia invulnerable y quebrantable interior, había encontrado con la moneda, dicha posibilidad y, por lo tanto, la felicidad. Teniendo en cuenta tal circunstancia, puedo aseverar que, si bien para muchos el dinero no trae la grandiosa felicidad, ello no resultaba así con mi padre, pues gracias a Dios, él no era tan ambicioso.
Con relación a la tan comentada "Laguna del Ocaso", en un principio comenzamos a concurrir durante diversos fines de semana, residiendo dentro de una pequeña casa rodante, adquirida con bastante facilidad a tal fin, más con el paso del tiempo, y luego de haber conocido a varios pueblerinos empezamos a morar en una de las tres cabañas propiedad de un tal Roberto Bóveda, hombre enjuto y espigado, con el cual iniciamos rápidamente fraternales relaciones.
Los primeros meses realmente serían hermosos, todos los integrantes de mi familia habíamos comenzado a explorar y disfrutar las silvestres bondades del sitio, como antes mencioné, mil veces comentadas por mi progenitor, todos, salvo mi hermano, quien se quejaba acerca del aburrimiento que habitualmente allí padecía. Yo aún no lo entendía, empero con el transcurso del tiempo me di cuenta que el lugar era notoriamente insulso para quien no deseara únicamente el silencio, la soledad y pescar junto a aquel árbol que posiblemente aún se encuentre alzado en la costa de la Laguna.
Facundo, mi hermano mayor sin embargo, en muchas ocasiones se divertía, por desgracia mía, pues no han sido escasas las horas de tembladeral insomnio que me tocaron soportar a causa de sus terroríficos relatos de horror proliferados preferentemente durante la globalizante negrura de la noche. Para citar un simple ejemplo: durante el transcurso de uno de sus atroces cuentos crepusculares, recuerdo haberlo visto entre lágrimas descostillándose de risa, al advertir que me había hallado forzado a orinar mis pantalones del pijama de algodón, teniendo que aguantar, no sólo el hedor a orín insoportable durante el interminable transcurso de la noche, sino también el irritado despertar en la mañana, debiendo proceder a lavarlos yo mismo previo al levantamiento de los míos, procurando que mi madre no descubriese el resultante de mi vulnerabilidad.
Los relatos de Facundo giraban en derredor del Diablo, Luzbel lo llamaba; vampiros, fantasmas y malformados, aunque el peor de ellos, el que aún hoy provocame escalofríos y me eriza el pellejo a mérito de su fatídica realidad, sería una simple leyenda, una que había escuchado del inútil hijo del señor Bóveda, un estúpido de moco flojo y pelo colorado llamado Andrés. La obscura leyenda tenía lugar en la Laguna y tomaría vida allí mismo, para dejar de ser leyenda por lo menos ante mis ojos.
3) Imitándolo en su relato comentaré el tenor de la Leyenda, según el querido Facundo denominada "El Rostro En La Madera":
"Zumbidos, sonidos etéreos y lejanos, tenebrosas manifestaciones de ruidosos susurros resoplando cada vez más turbulentos y agobiantes, tinieblas, negrura y miedo.
Vaga esperanza, todo estremecimiento, sudor frío, lágrimas de ruego, incapacidad y resignación. El cosquilleo tórnasele ingobernable, transita vertiginosamente desde la nuca hasta los pies, agudizándosele en el estómago, la vejiga y el corazón, donde aparece punzante, como si tan importante órgano se hallara atravesado de pronto por diversos alfileres en sus continuas contracciones, de manera lenta, pero profunda.
El jadeo, aunque sulfuroso, se diluye ante los estruendosos zumbidos, es un respiro discontinuo, veloz propiciado por una boca de resecos y pequeños labios, puesto que la diminuta nariz no logra calmar en debida forma la sensación de asfixia.
Los ojos se colocan fijos sobre el lugar donde se expone la figura, sitio en el cuál desde hace tiempo aquel rostro dibujado en la madera acapara la totalidad de su atención, día a día, noche a noche, ello hasta que su padre se encarga de cubrirle la vista cercenando el gas de la linterna, privándolo de contener un inesperado ataque. Difícilmente alcanzará conciliar el sueño, está sudando, sin embargo la noche es fría. Asimismo, sin perjuicio de estar ahogado de calor, sigue tapado por la manta que su propia madre le ha tejido cubierto hasta el cuello, al mismo tiempo que sus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad procurando deseosos ver lo imposible, pues la negrura en el cuarto es tan cerrada que desvirtúa todo tipo de ensayo por descubrir algún movimiento de aquel rostro misteriosamente gravado.
Transcurridos varios minutos, la tenebrosa idea de algo vivo en la madera parece alejarse de su cabeza, como si fuera inoponible a aquella noche y a su estado casi liberado de malos pensares, mas no la descarta totalmente, siendo ello evidente porque los párpados si bien se cierran ingobernables, en principio únicamente lo hacen, por corto lapso de tiempo, volviéndose a abrir una y otra vez, hasta tanto el irrefrenable sueño se hace presente.
Finalmente parece vencer el sueño, es poco profundo, pero de intensas imágenes. Pesadillas, sólo pesadillas.
Ruega despertar de una vez por todas sin recordar aquello que ha soñado recientemente, más difícilmente lo haga.
Mediando la madrugada vuelve a desvelarse, sus ojos siguen cerrados, pero sabe con certeza que algo se movilizó junto a él, pues su vista aún cubierta por párpados, ha notado una especie de sombra transitar delante de su cuerpo, probablemente causante del repentino despertar.
Él conoce el misterio de la Laguna, sabe que en ella se resguarda un extraño poder, el de otorgar desplazamiento al espíritu de cuerpo muerto que no ha logrado huir oportunamente, pero siempre conferido dentro de un corto límite temporal. Aquel puede ser bueno, contener buenas intenciones, aunque difícilmente así lo sea, pues por no lograr escapar de la materia seguramente engendrará odio, odio a quien disfruta de la plenitud, odio a quien disfruta de la dicha. Por consiguiente ese odio convertirá a su alma sana en corrompida comenzando a aturdirla, al punto de guiarlo a utilizar los escasos minutos provistos para gozar de su limitada libertad espiritual en desparramar aberración y calvario, ya que es eso mismo lo que habrá de sufrir dicha ánima por los siglos de los siglos.
Su cuerpo se ha atemperado ante el sosiego, pero con rapidez durante el insomnio regresara a su estado transpirado y caluroso. Mantienese quieto, como momificado, con sus brazos, piernas, torso y cabeza, en la misma posición en que ha despertado.
Al abrir los ojos siente alivio, por suerte los mismos parecen haberse acostumbrado a la oscuridad, evidentemente así es, en virtud a que, en esta oportunidad, alcanza a obtener una imagen casi fiel de la totalidad de su cuarto en penumbras.
En atención a ello, procederá a efectuar la habitual inspección ocular de rutina: en primer término el sitio a contemplar se encausa en dirección a los pies de la cama de oscuro, por avejentado, roble, luego hacia la puerta de entrada a la habitación y finalmente hacia el armario del mismo material que su lecho, más en dicho objeto en realidad se concentra su mayor preocupación, lugar perverso donde se hallan dibujados los rasgos de un rostro de ojos, nariz y boca, desfigurádamente alargados por adaptarse a la dinámica forma de la madera, pero tristemente y para su intranquilidad no llega a divisar con suficiente nitidez, en la negrura, el dibujo que lo desasosiega, mas sin perjuicio de ello no parece haber habido cambio alguno en el aspecto general de la habitación, circunstancia que aunque insuficientemente lo serena.
Por último solo queda divisar un sitio, uno que es incómodo de contemplar desde la almohada e imposible desde su paralizada posición, no obstante ello y para despejar cualquier tipo de dudas gira ávido en pos del respaldo. ¡¡¡Allí, pavoroso rostro soplándole la nuca!!!. Su pellejo se eriza considerablemente ante la intempestiva aparición y un grito sofrenado se detiene en su garganta antes de ser expresado, condicionado por un ahogamiento sobreviniente. Soplando y resoplando queda anonadado frente a las narices de quien tiene sonrisa diabólica y se encuentra de rodillas sobre el costado izquierdo de la cama, con el grueso mentón apoyado en el ángulo superior de la almohada, a la altura de la sien del pequeño, sin quitarle los intimidantes ojos de encima. Finalmente el petrificado niño, se da cuenta que no es su estúpida visión la que se ha acostumbrado a la oscuridad, sino que es el fulgor de aquel espíritu de impía sonrisa y rasgos despreciables, quién alumbra lúgubremente con su grisáceo resplandor provocado por anómala fuente de energía"
De idéntica naturaleza sería el relato de mi hermano durante aquella noche, el que para resumirlo, culminaba con la muerte del niño cruelmente efectuada por la ladina operancia de tan vil ánima que, guiándolo bruscamente por el bosque, lo sumergiría vivo y consciente en las frías aguas de la Laguna. Furiosa ánima esta que por no lograr escapar en su último suspiro, finalizaría anegada a su materia y enterrada donde ulteriormente habría de erigirse un gran roble, uno que con el tiempo utilizaría parte de la materia del enterrado, quien fusionándose con la madera, se conformaría en sus entrañas para culminar en el cuarto del niño, como elemento integrante de la plancha de madera que no era más que la puerta izquierda de su enorme armario, observándolo en dicha clandestinidad otorgada en virtud del camuflaje, día a día, noche a noche, hasta verse de pronto liberado.
Durante las noches de octubre renacía la leyenda y por ende, atestarían las historias relacionadas con el tema, sobretodo en rondas de amigos que, se estilaban conformar junto a una fogata en la costa.
Mi hermano habíala escuchado en alguna de aquellas rondas realizadas por los pocos jóvenes lugareños y más tarde contaríamela a mí, para arrebatarme, casi diría hurtarme, tesoro tan preciado como la tranquilidad.
En conclusión, los rostros dibujados en la madera correspondían a seres fétidos y sus almas serían liberadas en las adyacencias de la Laguna durante el frío octubre, con un fin claramente estipulado, provocar el ahogamiento en las aguas y la funesta defunción de quienes tuviéranlos en sus hogares, por ser parte integrantes de cualquier objeto de madera, pues la Laguna del Ocaso tenía el poder de compeler a las almas constipadas en la materia a formular semejante aberración, ello a cambio de la precaria libertad que por obra y gracia maligna les era otorgada.
Como dije, hasta allí para mí tendría simple carácter de leyenda, pero en determinado momento el relato tornaríase real frente a mis ojos, los cuales asustados lo contemplarían en toda su virulenta magnitud.
4) Supongo que creerán ustedes, estimados lectores, que un demente pretende guiarlos a un mundo malformado por su alienabilidad, pero la mencionada conclusión deriva de una corriente confusión. No confundan la verdad con la materia, aléjense de la realidad sólida tan sólo por un instante y piensen, imaginen, vuelen como en sus sueños, gozosamente cuentan con la autonomía para hacerlo, pues cuando les ocurra una contrariedad ajena a los límites que diariamente vemos preestablecidos, no comprenderán la manera de sortearla y por consiguiente, correrán el riesgo de perder lo más importante.
Definitivamente así será si descreen de una realidad tan cierta como el tiempo. Se les escurrirá por entre las manos la posibilidad de Ser Plenos, palabra añeja, y lejana a nuestra limitada realidad de rutina. Pero para ello se necesita Fe, un sentimiento de esperanza, un razonamiento ciertamente libre, propio del libre albedrío, facultad de la cual nos separamos en continuas ocasiones. Sólo con ésta predisposición comprenderán el nacimiento, el crecimiento, la muerte y la posibilidad de la plenitud. Sólo con ésta predisposición comprenderán mis palabras y en aquel momento, cuando deba primar la esperanza de libertad a la esclavitud del escepticismo, lograrán salir, hallarán la salida, emprenderán el camino hacia la dicha. Por ello contaré los acontecimientos, pues como yo lo hice luego ya de varios años, desde el terror ocasionado por el ánima aberrante que me ha acosado durante el crepúsculo cerrado configurado en la Laguna del Ocaso, entenderán la necesidad de la fe que trae consigo el alivio y la felicidad.
5) Los días álgidos de octubre habían llegado y hacíanse sentir. En la mágica soledad me encontraba durante semejante sábado. Día triste, mañana triste, cielo triste, alma triste.
Sé, mi espíritu hallábase inundado de penurias, lamentos y melancolías, pero no puedo recordar por qué. Posiblemente, muy posiblemente, no sea necesario, pues en realidad la totalidad de los días húmedos y grises apenan mi sentir tan sólo por el hecho de ser grises.
Seguramente, sino lo tendría impreso en la memoria, aquel no era un deprimente día lluvioso de excepción. ¡Más se preguntaran, que importancia puedo darle al día, cuando la noche funesta sería la verdaderamente preponderante!
Sin embargo, rememorar junto a ustedes cuanto dato haya quedado resguardado en mi mente, respecto del día previo a la calamidad, me provoca consternación y al mismo tiempo culpa, la primera de las emociones, porque me permite adentrar nuevamente en la terrorífica realidad acaecida. La segunda, por no haber logrado evitar, desprovisto de precaución alguna, la muerte perpetrada contra mi hermano.
Por ello, no puedo menos que mencionar los momentos del día entero, es decir, mañana, tarde y noche, pues tal circunstancia me sumerge a un estado de recuerdos palpables, de ineludible nerviosismo y asimismo, otórgame una mayor facilidad para traer a mi cabeza los hechos reales, tal y cual se sucedieron, aislando posibles falsedades en las que, por el correr del tiempo, pudiere incurrir.
Recostado observaba nubes, oscuras y asechantes.
Recién habíamos llegado y mi madre cebaba, como de costumbre, unos mates amargos a mi padre.
La chimenea de la cabaña desbordaba de negro humo y Facundo ya se encontraba, como solía hacerlo en los últimos tiempos, en búsqueda del inútil de Andy Bóveda.
Todo se tornaba costumbre, nada rajaba la rutina. Yo, que no contaba con amigos, por verme alejado de las todopoderosas edades de mi hermano y su grupete, había decidido solucionar mi aburrimiento, conformándome con mi propia compañía. Así se daba la única posibilidad, a mi edad, de lograr la distracción en La Laguna.
Tomando una hoja y una pluma, aprovecharía cuanta melancolía atestábame, para confeccionar poemas, cuentos y hasta en alguna que otra oportunidad dibujos del lúgubre paisaje.
Dispuestas las cosas de tal forma, durante el referido sábado, con hoja y pluma en mi mano, trazaría la primera línea perteneciente a un grandioso "palo borracho" erigido sobre crecido yuyal enfrente de mí.
Dicha ilustración se vería postergada por el almuerzo y finiquitada durante la tarde, previamente a que la oscuridad del anochecer imposibilitara la finalización de la obra. Una vez culminado mi trabajo, el resto del anochecer había acontecido de manera insufrible para mi hastío, anochecer que llegaría junto a una fuerte corriente de frío viento y que, sin perjuicio de la invariable temperatura baja de aquella noche, llevaríase consigo ciertamente a rastras, la totalidad de las abundantes nubes, provocando en consecuencia, una maravillosa imagen de crepúsculo límpido y estrellado.
Destellos de algarabía posteriormente se diversificarían alrededor de la mesa, cuando nos sentamos hambrientos a cenar.
Facu y sus novedosos chistes, probablemente recolectados de la boca del estúpido de Andy, puesto que era lo único que aquel idiota hacía en forma debida, a parte de mascullarse la nariz hasta el fondo y comerse el acopio de mocos que lograba contener aprisionado entre la uña y la yema del dedo, había desatado la risa en nuestros rostros. Por mi parte, buena falta me hacía sonreír cuanto menos un poco, toda vez que durante tan solitaria mañana y tan solitaria tarde, la seria expresión de mi cara no había variado en todo el día, es más no creo haber abierto la boca siquiera para respirar por ella, ni siquiera para humedecer mis labios.
Pronto todo terminaría, me estremezco de sólo pensar en el escaso margen de tiempo que me tocó transitar para pasar de la alegría, al horror, aunque evidentemente en las generales de la existencia es así, hoy reímos, dentro de unas horas lloramos, luego gruñimos, más tarde amamos y etc., etc., etc. Lamento haber sonado cursi, pero así es.
La Realidad:
1) El horror tendría un preludio, uno que se encargaría de formular Facundo, cuando mediando aquella noche sentándose en los pies de mi cama, de espaldas a la puerta de entrada a nuestro cuarto, comenzaría con la nueva historia, una que yo lograría atender a regañadientes, por verme anonadado ante una inesperada. Real y verdaderamente inesperada, situación. Finalizaba de asentarse mi hermano sobre la cama, enfrentándome para comenzar con la historia, cuando vislumbre pasmado al causante de su ulterior muerte.
Luchaba por demostrar desinterés a aquello que se erigía sobre los hombros de Facundo, intentando que no intuyera a lo que yo temía.
En virtud de lo cuál, procuraría guiar mis ojos hacia la puerta de barnizada madera de pino, sólo cuando notaba que mi hermano bajaba la cabeza o miraba hacia otro lado que no fuera el de mis rostro, pero con el correr de las horas, el sudor y los escalofríos que torturan a un cuerpo afiebrado, resultaronme incontenibles. Al finalizar su relato Facu me descubriría en plena vigilancia, así como también descubriría mi mayor temor, entonces me susurraría con vil propósito escasas palabras, provocándome la horrenda sensación de sentir que uno se encuentra en la cúspide de pavor y que esa cúspide es tan fina que, apenas logra equilibrarse, a fin mantenerse en pie y no caer en el largo precipicio de la locura. Simple, lisa y llanamente, manifestaría:
- "Estamos en octubre. ¿Sábes?. Hoy me he reunido con los demás y me comentaron que casualmente nos hallamos en plena época de terror. El poder de la Laguna resurge cada sesenta y seis años. Supuestamente se cumplirían cuando se configuren las cero horas del día entrante, del día de mañana. Esto, sólo te lo advierto por que somos unos de los pocos, quizás los únicos, que contemos con la compañía de un rostro en nuestra puerta, aquel que nos observa y estudia desde hace algunos años con el anhelo de guiarnos a la etapa eterna, tan horrenda, que ya conoces. Por eso espero que tengamos suerte y otra alma rabiosa sea quien se vea liberada, puesto que si es nuestro amigo, uno de los dos posiblemente padezca el peor deceso. En virtud de ello, manténte al tanto de cualquier movimiento extraño, cuídate y procura no cerrar los ojos durante la noche."
En lo sucesivo Facundo padecería el no haber hecho caso a sus propias palabras, yo, en cambio, sí lo haría, en principio sin exteriorizarlo, pues odiaba que mi añorado hermano disfrutara el poder que, sus horrorosas historias tenían sobre mis pensares, por ello, únicamente por dentro me mantenía alerta, bien alerta de cualquier anomalía, ya que durante aquella noche, minutos antes que Facundo me descubriera vigilando el rostro en la madera de nuestra puerta, había advertido una especie de vibración en tal objeto vibrar, posiblemente un respirar o un infructuoso intento de liberarse del sitio donde hallábase compenetrada. Aunque mejor dicho la vi revivir, diferenciándose de todo el resto del material de la puerta, como si aquel bloque de madera no fuera un todo del mismo elemento, como si dentro de él se albergara existencia humana ávida por resurgir y separarse.
2) Más tarde, retirándose de mi cama, Facundo coartaríame la visión, eliminando todo rastro de iluminación artificial que pudiera alumbrar nuestro cuarto, ello para disponerse a dormir. Por suerte, sin embargo, aún quedaba la luz de la luna, entrante por pequeños resquicios de la deteriorada persiana de rústica madera.
Pronto me vería forzado a jadear nervioso, víctima de la histérica sensación que me aturdía, aquel jadeo se convertiría en sofocamiento y dicho sofocamiento en un lloriqueo fuerte e incontenible, entonces mi hermano tomaría conciencia.
- "Eh, Gaspar, era broma, no te lo tomes así, son idioteces de los lugareños. - Eso me hacía amarlo de sobremanera, con el mayor grado de cariño que una persona puede sentir a través de un vínculo consanguíneo por otra, todo radicaba en su corazón, en su alma bondadosa que, sabía cuando se extralimitaba y también cuando uno necesitaba su cercanía, su apoyo. -.Es más, parte de la historia la inventé para provocarte más temor." - Creo que por unos instantes ésta última parte de sus palabras me tranquilizaron, por un momento aunque ínfimo, sentí calma ante la posibilidad de que sólo fuera su mente y no leyendas establecidas por terceras personas, la causante de mis macabros pesares, pero pronto, muy pronto me daría cuenta que me equivocaba, que mi hermano conocía aquello que me afectaba y lo pretendía exterminar, para sosegar, finalmente, a mi espíritu. Craso error, pues si bien no descartaba la posibilidad de una cabeza particularmente inventiva en el querido Facundo, asimismo algo en su rostro, los ojos, la mueca formada en su boca, o todo el entrañable rostro en su conjunto, precariamente iluminado por el reflejo Lunar, me guiaba a creer lo contrario.
¿Cómo combatir contra lo que uno no conoce, sin liberar a los azarosos abarates del obstinado destino, la vida y la existencia?. ¿Cómo hacer tal cosa sin sentir ataques de flaqueza, o cuanto menos innumerables dudas?.
Durante la noche transité, de situación, en situación; de estado anímico, en estado anímico; de cólera rabiosa, a blandas lágrimas.
Durante aquella noche, una noche turbiamente tergiversada, por el accionar del tiempo en mi cerebro, llegué a odiar a mi hermano y a amarlo tanto que, desde entonces enloquezco al recordarla.
El relato de La Leyenda se incorporaba a mi vida transformándome en un actor de su contenido, haciéndome vibrar tal cual lo había hecho con su pequeño personaje, haciéndome orar, algo que no acostumbraba a efectuar en lo cotidiano, haciéndome sollozar, sudar, temblar.
Sentíame por completo desahuciado, desamparado, ante el desbordante conflicto que se erigía sobre mi cabeza. Sabía con claridad cuan inútil sería recurrir a la omnipotente fortaleza de mi padre, menos aún a la de mi madre y a la de mi hermano. Estas son cuestiones que se entienden con el maldito crecimiento, pues en un principio no hay personas más fuertes que los progenitores de uno, pero luego el punto de vista se tuerce y se regenera, a partir de la adolescencia principalmente, donde se desnuda todo aquel mugroso harapo de delgada tela que cubre nuestros ojos, para presenciar la vulnerabilidad que nos integra a todos, absolutamente a todos, y desde entonces se produce un vislumbrar más profuso, configurado por muchisimas más aristas, las cuales convierten situaciones simples y hasta lejanas en la niñez, en sucesos complicados, rudos e intempestivos, a medida que uno se convierte en adulto. De esta forma quien anteriormente sólo observaba soluciones ajenas a sus acciones, más tarde deberá enfrentarse a ellas, tomando decisiones elegidas dentro de una multiplicidad de posibilidades, decisiones que la mayoría de las veces necesitan ser rápidas para ser efectivas. En consideración de ello, habiéndolo meditado minuciosamente en la fatídica noche, sólo me quedaba esperar ser paciente para saber como actuar, pero no distraerme, simplemente esperar con tranquilidad. Desde la teoría ello se tornaba la mejor opción, pero desde la práctica no resultaba más que una farsa, una utopía, pues por más que intentara apaciguar mi nervioso estado, lo único que lograba era acelerar más y más a mi corazón, ya que era tan evidente la existencia humana en aquella figura que en un comienzo no era más que un particular dibujo en la puerta de mi habitación, que mi cabeza no dejaba de cavilar con relación a cual sería la forma en la que se presentaría y cual la forma en que yo rechazaría su endiablado embate.
Sobre todo aquello, los ronquidos de mi hermano me desahuciaban más aún, librado a mi afortunado destino quedaba la continuidad de mí existir.
Cegado, por entonces, el egoísmo albergado en todo hombre no me dejaba divisar cuan terrorífico final tocaríale sufrir a quien compartía el cuarto conmigo, a mi querido Facundo.
¿Cómo pude olvidarlo cuando él también conformaba parte de la escena que observaba, expectante, aquel rostro malformado en nuestra puerta, día tras día?.
El frío habíase intensificado, el ronquido de mi hermano expirado y el silencio había colonizado la totalidad del lugar, sólo mi respirar ansioso e inconstante lograba quebrar la mudez atiborrante dentro del cuarto, silencio que muy probablemente se hallaba colmando en su totalidad al pequeño pueblo adyacente a la Laguna.
Luego mis dientes, chirriando incontenibles al compás de mi nervioso respirar y más tarde mis pies, los que no podía dejar de frotar uno con otro, pues preso de una descontrolada exacerbación en aquel anárquico entonces, me resultaba en consecuencia de impracticable aplicación el control en el dominio de mi cuerpo y, peor aún, en el dominio de mi mente.
Créanme, las leyendas no suelen ser sino realidades encubiertas tras un hilo de esperanzada incredulidad, incredulidad dispuesta simple y llanamente por temor al enfrentamiento con aquello que es ciertamente anómalo, extraño.
Sucede que la mayor parte de ellas se producen de manera aislada temporal y territorialmente, ello conlleva a la escéptica creencia de la imposibilidad de su acaecimiento, más de forma inútil cerramos los ojos, de manera inútil evitamos lo sobrenatural, lo extraordinario, lo extraño. Pues como antes señale y no me cansaré de advertir jamás, no hasta que muera, cuanto uno más conoce y se sumerge en los diversos temas de anómala suscitación, más probabilidades de salir airoso posee. Ello lo comprendo ahora que se cuanto he perdido y cuanto ha perdido mi familia por ser ciegos ante lo desconocido, por el simple hecho de ser desconocido.
Iluso el ser humano en obrar de tal forma, pues no conoce ni una ínfima parte de lo que existe, en atención a que todo lo que realmente sabe no es nada en comparación con lo que habrá de conocer y aprender tras el correr del tiempo, en una aleatoria vida postmortal, pues se empecina en cerrar los ojos sin querer divisar más allá.
Historia de almas liberadas por el misterioso poder de una Laguna, ánimas rabiosas y deambulantes en busca de venganza.
¿Quién diablos puede aceptar lo factible de tamaño dislate?. Nadie ha de creer en semejante aseveración de un tema tan ambiguo y extraño.
Así ha de ser por siempre, ya que el escepticismo en la humanidad, se afianza tanto respecto de aquellos temas de los que escasean en lo ordinario, como también sobre las cuestiones que, pudiendo tener cierto margen de aceptación, se alejan del mismo, virtud al temor generalizado. Puesto que el desagradable estado de horror, el cual nace desde la misma concepción del hombre, se procura evitar, y esa es la palabra justa, verbo principal de cualquier tema que ubique al hombre en un estado desesperante de inferioridad e indefensión.
¡Cuándo se entenderá que la indefensión se origina en el desconocimiento, en evitar el estudio de temas de dificultoso acaecimiento, pero de acaecimiento factible!. ¡Cuándo se entenderá que eludiendo situaciones incómodas por horrorosas, lo único que se logra es estar indefenso ante su horroroso acontecimiento!
Por ello comento a ustedes mi tragedia, para que no se dejen llevar por la fácil decisión de esquivar los temas complejos, para que los enfrenten, para que no duden en procurar conocerlos, para que crean.
Así las Leyendas dejan de ser tales para el que les toca padecerlas, así le tocó padecerla a mi hermano, y por ende, a toda mi familia y a mí.
El frío no dejaba de acrecentarse, la Luna seguramente seguía despejada en razón de su maravillosa luminosidad, el silencio era rotundo y hasta vorazmente enloquecedor.
Todo trascendía de tal manera hasta que conseguí finalmente conciliar el sueño. Sí, no puedo asegurar en que momento, ni como pero repentinamente me había vencido la poderosa necesidad de descanso, frente a tanto nerviosismo. Aún recuerdo el contenido profundamente impactante del mismo como olvidarlo.
En él notaba arrastrarse a mi espíritu, mediante dóciles y suaves movimientos, para alejarse paulatinamente del caparazón conformado por el cuerpo, siendo un deslizamiento dotado de asombrosa naturalidad, aunque nunca antes lo había efectuado.
Posteriormente, lejos de ser contemplado por la normativa que viene rigiendo a la gravedad, me levitaría; flotando a una altura apenas despegada del piso, pero que se acrecentaba gradualmente, guiado casi diría mecánicamente. En consecuencia, me elevaba, entonces, aún contra mi voluntad, ello virtud a que el dejar aquella coraza que había formado parte de mi existencia desde mi nacimiento realmente no me complacía, sino que contrariamente producíame, tan intensa sensación de apesadumbramiento, melancolía y macabro dolor, como en lo ulterior lo haría la imborrable imagen de mi hermano, sucumbiendo desesperado en las aguas de la Laguna.
Rudamente superaría sin dificultad el inútil escollo conformado por el techo de la morada, y seguidamente comenzaría a transitar en vertiginosa velocidad, desde la cabaña hasta la Laguna, sobrevolando una profusa arboleda y luego las aguas.
Sin perjuicio de ello, recién el terror se adentraría en mis entrañas, para retorcerlas con indominables garras, justo cuando la nítida imagen se conformara debajo de mi ánima incandescente, imagen únicamente alumbrada por mi espíritu, pues las tinieblas establecidas evidenciaban la cerrada negrura de la etapa nocturna en la cual me encontraba inmerso.
Hallándome a varios metros de altura, advertiría un horrendo cuadro que alzábase desde el interior de las frías aguas que, contrariamente a como yo las conocía, se mostraban de un cristalino notorio y maravillosa limpidez. Allí se podía vislumbrar una enorme cantidad de juveniles y turbulentos rostros sumergidos, todos ahogados por mudos gritos, silenciados por el accionar del agua. Un sinnúmero de expresiones consternadas, con imposibilidad absoluta de huir, emerger, liberarse, del horrendo ahogamiento insufrible e interminable para sus castigadas almas, que durante la infinidad de su existencia tendrían que verse obligados a sufrir, como una inagotable repetición.
Todos ellos sin excepción alzaban sus brazos, mirándome con ojos muertos y vidriosos, ojos que proclamaban casi con resignación auxilio.
Yo no podía descender, no podía adentrarme a las macabras aguas con el fin de dar rescate a cada uno, pues no obstante haberlo intentado durante el transcurso de la pesadilla, me vería sofrenado, petrificado, por una voluntad ajena a la mía.
Sabía que pronto regresaría a mi habitación, comprendía todo cuanto sucedía y no por que me hubiera sucedido con anterioridad, simplemente lo sabía como algo innato, como el respirar, como el ingerir alimentos.
A consecuencia de ello me lamentaba, pues posiblemente una vez devuelto a mi cuerpo, siquiera pensaría osar acercarme en lo sucesivo a dichas aguas y es que todo resultaba tan real.
Supongo que así lo era, va no lo supongo, ciertamente lo sé, así como sé respirar, así como sé ingerir alimentos.
Sin preaviso alguno regresaría tal como lo había imaginado hasta la cabaña; constipado esta vez por una fuerza externa muchísimo más, cruenta, ruda y veloz, que otrora. Luego, como si descendiera por un empinado precipicio, entre tinieblas y zumbidos conformándose en mi en derredor, caería pesada y dolorosamente, para depositarme, con fuerte impacto, sobre aquella coraza que, si bien, seguía integrando parte de mí ser, en ésta ocasión me parecía una parte externa e insulsa, una simple coraza desechable y dispensable.
De tal manera transitaban mis sentires, en una divergencia tan extrema que, apenas lograba comprende aquello que me ocurría. Y así es la vida de cambiante, para que mentirles. El mío no es más que un verdadero ejemplo fehaciente, para acreditar tal postura, puesto que mientras en un comienzo, deseaba con fervor volver a dar sustancia a mi abandonado cuerpo frente al irrefrenable alejamiento, en escasos minutos posteriores, pujaba por no retornar al mismo y seguir mi rumbo libre de semejante estructura corpórea, por cuanto esta me ocasionaba, intensos dolores, pesada carga y potencial putrefacción.
Agitado despertaría, aprisionado a confusos sentimientos y víctima de dolores profundos en mi cabeza, puntadas continuas e invariables que se sucedían sin cansancio, embotándome y alterándome. Dolores que en ataques de hipertensión, he vuelto a percibir recientemente cuando grande y de los cuales, en virtud de ser proclive al exacerbamiento, hoy por hoy lejos de encontrarme exento, he de sorpotar con continuidad el castigo de sus visitas, cada vez más intensas y duraderas.
Así de tal modo desperté y no se imaginan cuanto hubiese dado a quien me ofreciera la posibilidad de regresaría a la inconsciencia, pues a partir de la apertura de mis ojos, comenzaría a correr velozmente, un tiempo de gemidos, llanto e impotencia, uno que recuerdo con esporádicas imágenes, seguramente producto de mi reticente cabeza, siempre reacia a tener presente el tema concerniente a tan funesto momento.
Habiéndome al fin despertado, abrí los ojos y casi como una puesta en escena de la Leyenda, cuyo escenario esta vez se configuraba mi cuarto, comenzó la inspección ocular de rutina. Primero observé en dirección a los pies de mi lecho, y nada, más tarde viré el rumbo de mis ojos hacia el respaldar y hacia mis lados, empero nada. Entonces el calor se alejó de mi cuerpo, dando paso a la atemperante serenidad, y suspiré por fin holgadamente. Con rostro impávido, indiferente, miré la puerta de entrada a mi cuarto, confiado en la imagen persistente que vislumbraría, más la notoria diferencia turbaría mi reciente tranquilidad. Es que no había nada allí, nada que pareciera haber sido integrante del cuerpo fétido de ser humano alguno, nada, únicamente madera, madera lisa y llana. Tiritando esta vez me volvería en pos de la cama de mi hermano, con la intuición, mejor dicho, casi con la certeza, que en dicho destino se localizaba el causante de mi desdicha.
Justo mientras giraba hacia tal sitio de mi habitación, prorrumpió en mi cabeza una única posibilidad, una que no me había detenido a meditar otrora y que se sumergía dentro de un grado de viabilidad horrorosamente admisible, tanto que previo a contemplar aquello que buscaba había decidido cerrar los ojos, posiblemente guiado por el temor, pero también por la intención evasiva de sortear, con el relevamiento de lo que se torna incorregible, insalvable, toda situación inalcanzable a mi entendimiento y a mi insuficiente condición material.
Sabía que vería algo horripilante, algo difícilmente cauterizante, algo anormal, pero dudaba con relación al contexto dentro del cual el mismo se presentaría. Quizás acechándome desde lo lejos con mirada impaciente y deseosa de ocasionar terrible calamidad, quizás con sonrisa irónica y endemoniada, o posiblemente con rostro hundido en miseria, en tristeza y desdén. Sin embargo ello había pasado a una especie de segundo plano, plano importante, porqué negarlo, pero segundo plano al fin. Despojándolo de su lugar, aparecía una incontrolable sensación en mi mente, la que con el correr de los segundos se amuraría a la misma, utilizando para dicho cometido un material tan sólido como adhesivo, ella me guiaba a creer que, yo no había sido el elegido para padecer la furia irrefrenable del ánima diabólica liberada por corto lapso, aunque colateralmente lo habría de sufrir.
Furibunda verosimilitud se originaría entre lo maquinado por mis aberrantes pensamientos y lo configurado en la realidad atroz del cuarto en penumbras. Prácticamente estupefacto e inmóvil, transité pasmosos segundos de silencio infinito, ante semejante postal.
Probablemente hallábame soñando. Sí, posiblemente así era y todo lo acontecido, todo, incluyendo las cebadas de mate amargo, incluyendo la ilustración plasmada en la soledad, incluyendo el almuerzo y la cena, y más aún, los graciosos chistes proliferados por el querido Facundo, no habían sido sino episodios integrantes de un mismo escenario onírico. Quizás, ni siquiera habíamos partido desde mi casa en la ciudad a la cabaña de la Laguna, quizás estuviera promediando la semana y aún me hallaba en mi verdadero hogar, cuya ubicación urbana necesitaba con frenética locura. Todo cuanto parecía existir no era más que pretensiones de una parte macabra de mi mente que, disfrutaba al verme confundido en la insufrible maldad de tan cruentas representaciones.
Sólo debía despertar, despejar mi cabeza y suplicar oportunamente, a mi padre, que durante aquel fin de semana venidero y los siguientes, dejásemos de concurrir a la Laguna. Mi trabajo constaba en procurar convencerlo de ello, por difícil que resultara y frente a cualquier inconveniente que ocasionara en nuestra relación.
Impetraba que así de aquella forma ocurriera todo, aunque si dentro de un sueño hallábame, como erróneamente esperaba, todavía no lograba ubicar la manera de despertar, no lograba tomar contacto con una supuesta realidad que con el correr de los segundos se transformaría en una ficción, una fantasía, una quimera.
Tras tantos supuestos, sólo uno continuaba con firmeza, el peor de ellos. Dentro del mismo alguien me miraba, oh si me miraba. Clavados sus ojos estaban en mi pasmado rostro, aquellos que configuraban una mezcla de melancolía, bronca y, porqué no, cierto principio de temor, de miedo, asimismo se presentaban oscuros, profundamente negros, con pequeños brillos de un grisáceo fulgor incandescente y anómalo, el cual recubría todo su anémico y huesudo cuerpo desnudo, como una capa de baba o saliva fosforescente, siendo con seguridad una materialización de aquella energía externa que oportunamente lo impulsara a liberarse. Una energía que en el común de los hombres se origina desde los adentros y es casi imposible de visualizar, pues viniera a formar parte del Ser, siendo propia de su existir, más a tan vil ánima por el contrario le había sido otorgada por la Laguna, por cuanto, lejos hallábase de formar parte del existir de la misma.
Su pellejo todo se encontraba plagado de heridas cortantes e hinchazones de putrefacción, los que alcanzaban aunque en menor grado, su calva y cadavérica cabeza, donde sobresalían dos enormes manchas negras, producto de la vejez.
Su boca, cuyos labios no se diferenciaban de la fétida coloración del resto de su piel, apenas contaba con algunos dientes rotos y agujereados en la parte superior, aunque aún poseía la totalidad en el maxilar inferior. Ello pude advertirlo, puesto que en cuanto mis ojos se posaron en su figura, su rostro ilustró una sonrisa macabra y potente, atestada de suciedad y nerviosismo, ya que evidenciaba un desespero por aquello que buscaba, originado seguramente en atención al escaso margen temporal con el que contaba para su diabólica labor.
Prontamente acosaríame un irresistible terror, uno que produciríame escalofríos copiosos e interminables, atento que justo al lado de aquel sujeto amado que dormía con apacible candidez, colocado pesadamente sobre el espacio de colchón vacío, justo en el vértice superior de la cama, al lado de la despeinada cabellera, hallábase la figura del maldito escapado, el cual se encontraba desnudo por completo, de espaldas a mi hermano, posado de forma cansina, con el rostro apuntando hacia mi dirección, y los huesos de su caja torácica, como sus costillas, notoriamente demarcados ante su fláccido espectro.
Yo estaría alerta, no le quitaría los ojos de encima, procurando mantenerme estático y respirar de manera pausada, con el claro motivo de no llamar en demasía su indeseada atención.
Luego del transcurrir de varios segundos de profundo silencio, amainaría la nitidez de la figura, pudiendo observarse a través de su cuerpo, todo cuanto aquel debería haber cubierto, más aún también mermaría el extraño fulgor que en principio lo colmaba, manteniéndose costosa, una débil tonalidad plomiza y obscura en su lugar. Aquello me recordaba a un cuerpo humano reflejado en una vidriera, no así en un espejo, sino en un vidrio opaco y manoseado, donde el cuerpo no termina de afianzarse totalmente, ni en color, ni en materia.
Paralizado me quedaría, con el rostro expectante ante cualquier movimiento del ánima que, se presentaba tan horrenda y maliciosa, como para ser precavido ante su posible actuar, el cual aún no se producía, siquiera permitía inducir su intensión.
Repentinamente me vi compulsado a realizar un acto reflejo, llevando mi cuerpo bruscamente hacia atrás, cuando aquel espíritu elevara levemente su rostro y acercándolo hacia el mío, con el claro fin de hacerme notar sus horrendas características, procurara advertirme respecto a cuanta demoníaca atención se encontraba posando sobre mi impactada persona. Dicho rostro guardaba, sin ningún tipo de dudas, notorias similitudes con el que, día a día observara en la habitación de la cabaña, aquel que en un comienzo, erróneamente, me parecía defecto de la madera.
Gritóme furiosamente, con un gesto de desdicha en un sinnúmero de años acumulada, propiciándome mediante tal gemido un espanto inenarrable, más el verdadero espanto lo sentiría en segundos posteriores, cuando a causa del bramido, mi hermano abriera apesadumbradamente sus ojos, los que aparecerían reacios a enseñarse, en un principio, y ulteriormente, se estancarían en tan intensa abertura que, entonces llegué a dudar del aguante de su corazón.
Petrificado, quedó Facundo sobre el último lecho que lo cobijara en vida. Supongo, siquiera respiraba, contraído por la ferocidad de la diabólica expresión que lo enfrentaba. Cuando reojo sutil mediante, de todos modos, se empecinara en advertir mi sana presencia en la habitación, y aunque no quieran creerlo, aquel reojo de exigua importancia en este relato, se encadenaría en mis pies cual bala de cañón tremebundamente pesada, durante los años subsiguientes y desdichados de mi vida. Ello por cuanto se albergaba nítidamente, en semejante mirada de soslayo, una ambición de cuidado, de cobijo, de protección; un claro sentimiento anidado en el corazón de Facundo, de quien se reía de mis miedos, de quien me dejaba de lado por sus amigos, de quien se burlaba de mis defectos, que a todas luces denotaba por fin la importancia que yo, Gaspar, tenía en su vida. Son momentos duros los padecidos al recordarlo, más es mi carga transportarlos de manera perpetua, ello toda vez que en mis míseros pensares, los previos a la fatal aparición, en la cabeza que aún soporto, dentro de la mente que jamás había tenido en cuenta la presencia de Facundo.
Yo, todas luces, amoroso, atento, gentil, solícito; Gaspar, vería morir a aquellas virtudes que injusta y falsamente había creído poseer y las que de pronto, se disolvían al punto de desaparecer, tan sólo por una mirada clandestina, unos ojos pretendidamente ocultos que, sin habérselo propuesto se transformaban en una hoja de acero filoso y aguzado, tanto que siquiera verían óbice en mi pecho, al perforar en un único movimiento, a mi consternado corazón, quebrándolo cual manzana, cegándolo de lado a lado, con un corte perfecto e interminable.
Sin perjuicio de ello, repentinamente todo pensamiento con respecto a tan problemático pesar se vería postergado, coartado, al menos por dicha noche, a consecuencia de la cruenta lucha que se desarrollaría a posteriori.
3) Presencié impávido, el ágil salto de Facundo, propulsándose veloz desde las entrañas de la cama, cuando el ánima rudamente se abalanzara sobre su cuerpo. El pellejo de mi hermano me impresionaba, de siempre desnudado torso durante el reposo, habíase erizado totalmente en extraordinaria medida.
Me daba la espalda, cuando note el tembladeral insostenible de sus piernas, cubiertas por un pantalón de pijama a rayas celestes y blancas, que no disimulaban la inestabilidad a que se encontraba esclavizado. Asimismo, confrontándolo con una malévola gesticulación, se afianzaba erguido el maldito, como deseando prolongar innecesariamente el sufrimiento del que éramos víctimas, un ensañamiento cretino y voraz, de elocuente satisfacción para el liberado, quien finalmente se agazaparía frente a Facundo.
El recuerdo patente del agazapamiento, aún hoy, me tortura en un sinnúmero de pesadillas, pues sería grotescamente exagerado, tanto como las fláccidas formas del endiablado.
La seguridad de un vertiginoso embate torturaba mi cabeza y con certeza la de mi hermano mayor. El momento sería interminable y crudamente tensionante, sólo entrecortados y nerviosos respiros captaban mis oídos, respiros agitados vertidos por la boca entreabierta de Facundo, quien también se agazapaba, aunque dubitativamente. El espíritu, sería rápido, ello lo descartaba, sólo siendo más rápido que él, posiblemente alargaríamos nuestro halo de esperanza.
Más todo lo que imaginaba, justo cuando mis piernas se colocaban en posición adecuada, para que el mínimo impulso me expulsara prontamente del lugar donde me hallaba, sería en vano. En cambio, sudor y nervios, un infinito momento de sudor y nervios, hasta el momento en que, finalmente, se decidió atacar.
Lo escuché gemir, bramar de rabia y descontrol, su rostro reforzaba la obscura actitud, cuando pise fuertemente el colchón para propulsarme, notando la mirada de mi hermano añorado que, desesperadamente viraría en mi dirección, casi sin importar cuan doloroso para su cuerpo podría ser la diabólica colisión, abalanzándose ágilmente antes que pudiera el maldito caerle encima, brincando sobre mi cuerpo y cobijándome con todo su ser.
Cual tenazas, sus brazos me rodearon el torso todo, más su cabeza se convirtió en un repentino obstáculo entre el demonio y mi rostro. Asimismo, con el resto de su cuerpo embolsó todo aquello que le fuera posible abarcar, y yo, aún impactado, apenas alcanzaba divisar un gesto de encarnizado dolor en Facundo.
Recuerdo oír chocar sus dientes y verlo cerrar con fuerza sus ojos, pues aparentemente soportaba un inhumano castigo, por defenderme. Lágrimas recorrieron sus mejillas y yo grité, clamé ayuda, sin obtener respuesta, hasta que resignado callé y sentí como, a pesar de la dura resistencia ofrecida, mi hermano me era extirpado de encima, cual rebelde sanguijuela despegada.
Mi cabeza estallaba entre melancolía y exasperación, comprendía, en tal sentido, que no podía dejarlo escapar con Facundo, toda vez que conocía el objetivo de tan brutal espíritu y, en virtud de ello, me vi de pronto aferrando las manos de Facundo que, buscaban las mías con fervor, y tiré, halando con un poder inusitado en mi persona, un poder que fluía a borbotones, pero que de todos modos no resistía comparación con la del perverso.
Así comenzaría mi hermano a resbalarse de mis manos, lentamente, pero alejándose al fin, por cuanto me vi forzado a presionar tan fuerte que, su pellejo me quedó incrustado, hundido, dentro de mis crecidas uñas, más nada pude hacer tendiente a detenerlo, nada que impidiera el arrebato, ni tampoco la tristeza desmedida a que era víctima, por haber sido tan inútil, por no haber dado mi vida en ello, algo que mi hermano siquiera había vacilado en efectuar.
Presuroso, desaparecieron de mi vista, aunque a mis oídos continuaban llegando gritos de Facundo, los que durante largos segundos siguiéronse escuchando, disminuyendo en volumen paulatinamente. Mientras tanto, perplejo, anonadado, me encontraba en un estatismo temeroso, impetrando la llegada de mi padre, quien luego de oír semejante bullicio tendría, cuanto menos, que apersonarse a nuestra habitación, pero ante la falta de su presencia, mediante sigilosos movimientos, me movilicé hasta el cuarto de mis progenitores, descubriendo que los mismos, brillaban por su ausencia.
Frente a tremenda circunstancia, mi estómago se retorció intempestivamente, y mis piernas no brindaron escollo alguno a la pesada caída del resto de mi cuerpo.
El equilibrio parecía cosa perdida en alije, mis dientes chirriaban insostenibles, y una arcada abrupta enroscaba mi garganta, estorbaba sofrenando deseosos gritos de auxilio, gritos inútilmente pretendidos, puesto que la cabaña más próxima hallábase a quinientos metros de distancia.
Bañado en entregadas lágrimas, estreché contra mis ojos, las manos que otrora pujaran por conservar la presencia de Facundo y que, inservibles fracasaran en el intento.
Durante varios minutos proseguiría el sulfuroso llanto, aunque acabaría abruptamente, cuando se agolparan en mi cerebro un infinito número de ideas, todas substanciadas por un mismo motivo: el de correr, el de liberarme a patadas del poderoso obstáculo que me tenía enrejado, cual peligroso recluso. En virtud de ello, atendiendo tales pensamientos, no bien retornaron a mis piernas, débiles, aunque suficientes, resquicios de fuerza, me puse de pie con tenaz actitud, y raudo comencé a correr.
4) Ahogado llegué a la puerta de entrada, ahogamiento producido por no haber administrado en debida manera, el nerviosismo, la respiración y el deseo. En virtud de ello, retome energías, deteniéndome apenas instantes, con las manos sobre mis rodillas.
Los brazos me temblaban, arreciaba el frío por entonces, aunque seguí adelante sin recalar en ello. Recientemente, rememorando la desdicha que sufriera en semejante etapa nocturna, me puse a meditar respecto del álgido clima que se configuraba en derredor de la Laguna por entonces, asimismo, respecto a mis pies descalzos, los cuales, segundos previos a todo el desastre, se habían mantenido cálidos en virtud de mi onírico estado y sin embargo, no me habían merecido en el perseguimiento, la más mínima atención. Uno suele desinteresarse de las niñedadez cuando la verdadera problemática lo toma desprovisto de medios de defensa.
En consecuencia, salí en pos de Facundo, ajeno de la frialdad de la noche, y de la escasa vestimenta que llevaba encima, centrando, por el contrario, mis confusos pensamientos en un único asunto, lograr inquirir, utilizando propias intuiciones, el desgraciado paradero de mi entrañable hermano.
Detenido en el porche de entrada, hube de localizar el sendero que demarcándose angosto y sinuoso, hasta adentrarse en la espesura del bosque del Ocaso, se conformaba como la única opción sensata de llegar a la Laguna, sin perderse en el intento.
Las ramas se quebraban bajo mis pies desnudos, clavándome una gruesa cantidad de astillas en las plantas. Asimismo, la niebla se esparcía, tal cual como acostumbraba hacerlo noche tras noche durante el cruento otoño, trastocando la realidad, puesto que bien podría haber sido aseverado por cualquier persona cuerda, frente a aquellos frondosos árboles de troncos parcialmente escondidos, que uno se hallaban en el mismísimo Firmamento, levitando sobre las nubes, ante la dura espera de ser enjuiciado.
Andy Bóveda decía que la niebla que apresaba los adentros del Bosque y llegaba, en ocasiones, cuando el clima era tortuosamente helado, hasta la calzada de la ruta; no era ni más ni menos que el respirar de los demonios, seres malditos, estos últimos, que aparentemente, conforme lo sostenía aquel idiota, daban su poderío, a través de la alquimia enseñada por Lucifer, a las aguas que en verano me habían recibido en cuantiosas ocasiones.
Semi-cubierto de alto yuyal y con la mezquina anchura de un solo pie, zigzagueaba, en nebulosa imagen, el dibujo del sendero, colmado de pozos y pequeñas rocas, ello a unos cien metros frente mío.
El mismo se extendía desde mi cabaña, hasta la costa de la laguna, aunque en ocasiones y ello con conocimiento previo de causa, por haberlo transitado, se esfumaba para dar lugar a profusos arbustos y matorrales, apareciendo y desapareciendo en varias oportunidades, cual conejo en galera de ilusionista.
La distancia hasta la Laguna se hallaba calculada por quien sabe que persona, señalada rudimentariamente en los viejos troncos de algunos árboles seleccionados por su estratégica ubicación, dado que se erigían pegados al ruinoso camino. La última medida, dejaba ver un tímido número setecientos.
De tal manera se presentaba la recorrida, difícil y extensa, ello me lo dejaba bien en claro la imagen, tan impactante, como omnipotente, del bosque en tinieblas. Postal que evidenciaba lo ínfimo que puede ser uno, lo poca cosa que representa en la magnificente naturaleza, en todo su complejo sistema.
Mis pies descalzos comenzaron a congelarse, se hallaban entumecidos y mojados. Ello en virtud a la reciente escarcha que lentamente estaba colmando el piso de seca tierra, que no tardaría de convertirse en barro.
El sudor se había intensificado con la desesperante carrera, inundándome casi completamente de inoportuna transpiración. Lo cual me obligaba a chirriar dientes, sin cesar, y contorsionar mi estremecido cuerpo en un sinnúmero de oportunidades, erizándome el pellejo, y ocasionándome un tembladeral en mis entrañas.
Sin perjuicio de todo aquello, mi única preocupación era dar con mi hermano antes a su hundimiento, previo a que tan diabólico espectro lograra su atroz cometido.
Las estrellas aparecían y desaparecían, de conformidad con la cantidad de árboles o pinos que se agolparan, como molestos escollos, a mi buena visión del imponente cielo nocturno despejado. Por tanto, no bien ingresara en un sector de abundante arboleda y profuso yuyal, caía en una ceguera casi completa, viéndome obligado a guiarme por puro instinto y precario conocimiento. Arreciaba en mi cabeza, aunque en un segundo plano, el temor a lo impredecible, a la imposibilidad de advertir un ataque de animal salvaje, que dentro de tan frondoso bosque no resultaba descabellado tener en cuenta.
Sin embargo continué, sin detención alguna, sobrepasé el árbol que denotaba los quinientos metros de distancia, mientras en torno a mí, los movimientos de la noche, producidos por insectos, aves y/o reptiles, no dejaban de sucederse como una constante nada afable, como un principio latente de peligro potencial, un peligro oculto que, me mantenía, así y todo, sin cuidado, pues, como bien he sostenido precedentemente, en las situaciones desesperantes uno hace el real distingo, creando para sí un orden de prelación que, habrá de atender al actuar frente al desespero. En este caso el peldaño de mayor jerarquía lo poseía la vida de Facundo, de quien se había entregado por mí, de quien me salvara el pellejo sin dudarlo ni por un instante. Mi vida, en cambio, se conformaba como un elemento necesario, una simple herramienta, algo indispensable para detener el hundimiento de mi recordado hermano, y es que ella no me serviría de nada de errar en mi cometido y, realmente puedo decir que de nada me ha servido, ni me sirve en la actualidad, frente mis insistentes y cada vez más extensas depresiones. Bruscamente el sendero desaparecería, como bien lo esperaba, perdiéndose en un conjunto de nutridos arbustos, atento lo cual detuve considerablemente la marcha, tomándome un tiempo lógico, a fin de determinar la manera de seguir andando mas, pronto deduje que lo mejor sería enfrentar la situación como venía haciéndolo hasta ahora. En atención a ello, indolente frente cualquier inconveniente que pudiera surgir desde los adentros de semejante matorral, acometí furioso.
Repentinamente mis pies desencontraron el suelo, provocándome una caída tan abrupta, como inesperada, pues detrás de los arbustos el camino descendía severamente, desnivel que pude reconocer, recién cuando me vi rodando sobre el áspero follaje quebrantando cuanto se ponía en mi recorrido. El rostro se me impregnaría de todo tipo de hojas, insectos y pequeñas ramas durante el rodaje, de tan escarpado desnivel, aunque no sufrí a consecuencia de tal circunstancia, lesión severa alguna.
Nuevamente me puse de pie y seguí con determinación, soportando por corto lapso un potente mareo. Posiblemente a causa de aquel conmocionado estado, mi cabeza hubo de aclararse, cual sujeto sufrido, levemente emborrachado, se me presentó una probabilidad de respiro, una manera de tranquilizar mi conciencia en caso de fallar en el rescate, pues se me había ocurrido que, si no lograba salvaba a mi hermano, decididamente me iría con él, ello puesto que nadie podría detenerme en tal cometido, aunque el mismo no solucionaría las cosas, me liberaría de cualquier pesar ulterior, un penar que si bien ya había asomado tímidamente durante aquella noche, en lo venidero con seguridad me enloquecería.
En mi cuello un potente bombeo, mis ojos iban de lado a lado, la respiración se hacia entrecortada y cada vez pesaban más mis pies descalzos. En las sombras viles juegos del mal, acechándome cual presa de predador, cuando el pastizal se hizo tan tupido y elevado que me llegaba al rostro y en ocasiones hasta me cubría totalmente. Abriéndome paso como podía, llegué al último árbol, con cortaduras en mis brazos y piernas, algunas que también se hallaban en mi cara.
Repentinamente pude oírlo, era mi hermano gritando rabiosamente, pujando por no morir. Sus esquizofrénicos y ya disfónicos gritos podrían haber quebrado los tímpanos de su acompañante, si aquel los hubiese tenido.
Detrás del yuyal que, crecido confiscaba mi visión a un restringido sitio, se dejaba observar un fulgor indescriptible, un resplandor sub-terreno y casi enceguecedor, el cual conjugando con la niebla, dibujaba fantasmagóricas figuras guturales. Así como si en la Laguna, hubiesen colocado enormes luces halógenas, a fin de iluminar la apariencia de sus aguas, de tal forma sucumbían sombras en las cercanías a dicho instrumento del mal. Ante tal circunstancia, elegí detenerme, más me resultaba ello harto difícil por cuanto la carrera que venía efectuando era bastante veloz y la superficie que recorría, bastante empinada. Habiendo entonces aminorado la marcha rebasaría levemente el árbol que gravado en pequeñas letras contenía el número setecientos, ello no obstante me resultaría imposible detener la horrenda caída, la segunda, aunque manifiestamente más brusca, de la noche. Atrapado sobre un conjunto de rocas, colocadas por quien sabe que maldita mierda en medio del camino, solamente me bastaría escuchar un crack, uno lo suficientemente fuerte como para aflojar a todo mi cuerpo.
Me hallaría consiguientemente impactado, yaciendo por segundos interminables, ante un dolor que paulatinamente crecía, de común acuerdo con el transcurso del tiempo y del desentumecimiento de mis extremidades, cuando mi vista, acostumbrada por completo al negro en torno, ello sin dudas ya que mal podría, de no haber sido así, descifrar el número Setecientos remarcado en el enunciado árbol, me remitiría un cruda imagen a mi cerebro. La de mi pierna izquierda destrozada y colmada de profundas heridas, sobretodo una muy grave, gravísima, nacida en virtud a la colisión con aquel pedregal que habré de maldecir hasta mi muerte, el cual se colmaba de un flujo color pardo derramado en copiosa cantidad desde mi pierna, desde donde aparecía, atravesando carne y pellejo, expuesta y truncada, la tibia.
Sin perjuicio de ello, y toda vez que a escasos metros de mí tenía la Laguna, me puse de pie como pude, sostenido únicamente por mi pierna derecha y apoyado en el árbol más próximo a las heladas aguas, para apartar con mi mano el último pasto que entorpecía mi visión, entonces vislumbré con horror lo que sucedía.
El frío escozor se elevaría viboreante dentro de mis entrañas, el dolor inaguantable me atormentaría, cuando vislumbre que, no era el resplandor del infernal Ser de la madera aquello que iluminaba las adyacencias de la Laguna, sino la Laguna misma, que imitando a Febo, resplandecía incandescente desde sus adentros, impulsada por quien sabe que fuerza satánica.
En su interior, luchaban por emerger diversos rostros deformados y virulentos, todos con ojos ofidios y piel atestada en grietas y llagas. Sus pieles parecían ser viscosas por los brillos acuosos que detentaban, asimismo, sus gestos turbios y desanimados se dirigían hacia aquel que camuflado había residido en mi dormitorio, aquel que había sido liberado.
Estiraban sus brazos plagados de ampollas, desesperados por poseer al pobre Facundo.
Al perfeccionarse mi visión, pude notar que, eran seres obscuros, totalmente lampiños, y parecían, estar recubiertos de flujo escarlata y sanguinolento. Todos ellos mostraban cuantiosos problemas para movilizarse.
Oraban aparentemente, en conjunto, en comunión. Daban la impresión de reír, pero ningún gesto de alegría se albergaba en sus huesudos rostros, cosa que si ocurría con el ánima que refulgía en un intenso grisáceo azulado, aquel que escapara de la madera y se llevara a mi hermano consigo, cual fiera salvaje lleva a la presa a su cría para saciar su hambre.
Así, todos los problemas que otrora me acosaban me parecieron una inocentada, todas las esperanzas que mi mente pequeña resguardaba, se desvanecieron, deviniendo abstractas y estúpidas. Así, ante los desgarrados gritos de mi hermano, gemidos que claramente se distinguían de las obscuras alabanzas, se conformaría un torbellino acuático que haría cuadriplicar rápidamente los desgarrados gemidos de Facundo, pues de similar naturaleza que en mi última pesadilla, ánimas consternadas, atoradas en el sumergimiento, comenzaban a elevarse hasta asomar sus torsos, sin lograr, a pesar de grotescos intentos, escapar del ámbito en donde se hallaban inmersas, junto a aquellos demonios lampiños que claramente se diferenciaban de estos últimos desdichados espectros.
¡Oh Dios mío, porque a mí, porque a mi querido hermano!
Centré finalmente mis ojos en Facundo, quien se quejaba con su boca bien abierta, ya exhausto. Gritaba con disfónica desesperación pidiendo, mediante súplicas inútiles, misericordia y piedad.
Fue cuando, a pesar del dolor insostenible que llegaba desde mi pierna izquierda convulsionándome por entero, dando leves saltos con mi pierna derecha, intenté acercarme hasta la costa, y al ver como me derrumbaba, grité con furia, con la rabia y exasperación que nunca antes había sentido en mi vida y que nunca antes volvería a sentir.
Cayendo abatido, pude advertir que el rezo de los demonios habíase paralizado, siendo la risa eufóricamente macabra aquello que los sustituía. Todos sonreían mirándome con esos ojos ofidios y enormes, con esos rostros deformados y viscosos, con esos colmillos deteriorados, pero ciertamente intimidantes.
Sentí chocar la cabeza sobre el frío y escarchado pasto, más no me causó aquello dolor alguno, posiblemente porque el tormento de la pierna me había provocado una consternación total de mi estructura corporal, apocando la intensidad de cualquier otro dolor que pudiera invadirme.
Temía al desvanecimiento, temía devenir inconsciente sin haber logrado conseguir la muerte, una muerte que sin lugar a dudas alivianaría el sufrimiento ante el inminente fallecimiento de mi hermano.
Supuse el pronto cerramiento de mis párpados, mi cuerpo se acaloraba y repentinamente volvía a sentir frío afiebrado.
El corazón palpitábame con rápido galopar, cuando previo al desvanecimiento contemplé inconsolablemente abatido, una última imagen, la que terminaría por destrozar, desintegrándolo, a mi truncado corazón. Justo cuando todos habíanse distraído con mi presencia, justo cuando por fin había logrado retrasar el tiempo de libertad de aquel malvado, y el sol pretendía comenzar a desgarrar tinieblas, mi hermano de innegable preocupación por mi potencial deceso, arrojaríase, con mirada impaciente, pero a la vez repleta de saciada satisfacción, por haber obrado del mejor modo sobre las diabólicas aguas, esgrimiendo un sulfuroso grito, para atraer la atención de todos los presentes; Mientras caía, sus ojos se posaron en los míos, desnudando un aspecto de un sujeto satisfecho, un sentimiento que difícilmente yo encontraría y de hecho aún no he encontrado, en el proseguir de mi vida, o en el proseguir de aquello que bien puede denominarse aguardo.
Muerte horrenda esperábale, una lenta agonía que iba desde el aturdimiento por la sumersión, a la desesperación rabiosa por la falta de oxígeno, y llegando luego para culminar en el desvanecimiento previo a la muerte, y a la hinchazón posterior por ingestión del líquido, el que prontamente convertiría a un ser lozano, en macilento trozo de maleable carne, pintada de un azulado y blanquecino tono.
Todo aquello pasaría cual largometraje, hasta llegar al emergimiento del hinchado cadáver, en el sueño en que hube de caer, tras yacer desvanecido, en una infinita pesadilla. Más tal cosa no sucedió en la realidad, puesto que al volver en sí, rodeado de policías rurales y vecinos, pude advertir a mi padre, quien había impulsado nuestra búsqueda, y se encontraba a mi lado, acerca del lugar en donde se hallaba el cuerpo de mi hermano. Ello permitió que pronto dieran con el mismo, no alcanzando a padecer éste, por ende, las consecuencias del hundimiento.
5) Una vez en el hospital, habiendo mentido acerca de la causa de la muerte, sostuve tras meditarlo largamente, que un bandido había ingresado a casa. Sin perjuicio de lo cuál únicamente mencioné escasos datos personales para identificarlo, que pudiera recordar con el tiempo y luego me limité a callar, callar soportando hasta el día de hoy que, cuéntolo a ustedes, mi insufrible pesar.
Jamás visité el cementerio donde enterraron al cuerpo de Facundo, hasta me negué rotundamente a concurrir a su funeral, es que sabía que aquella caparazón estúpida que habían vestido de traje y corbata, cuyo agusanamiento no tardaría en suceder, no era mi hermano, seguro que no. Mi hermano estaba en un lugar mucho más horrendo, en los confines del infierno y todo ello por mi culpa, mi incapacidad, mi inutilidad.
Mi hermano padecería hasta la eternidad de infernales pesares y su ser de ninguna manera se albergaría en un cajón rodeado de tierra, bajo una inerte lápida de mármol.
Él estaba en un peor lugar, él estaba, y estará perpetuamente, en las entrañas de la maldita Laguna del Ocaso.
Hoy su muerte es mi carga, la cuál es tan pesada como la que un asesino lleva por el homicidio de su víctima.
Asimismo y si bien actualmente, mi pierna apenas demuestra una cicatriz de extenso mantenimiento, mi corazón se ha despedazado desde aquella noche, siendo esta última herida realmente insanable.
Días antes de comenzar mi relato he incinerado madera en casa, toda aquella que pudiera dar indicios de contener despreciables Seres. La que ustedes conocen, la trocé por pedacitos con hacha, pies y manos, procurando un vengativo ensañamiento, antes de su incendio. Mis vecinos me preguntaron si me deshacía de basura, yo asentí.
Hoy en día la Laguna está circundada por casas de camping, el bosque desapareció dando lugar a moradas para el fin de semana, un sinnúmero de éstas.
La electricidad, el gas, el asfalto. Aún así, por más que su fachada halla cambiado, yo se con certeza que sus diabólicas aguas resguardan a un hermoso ser, a uno que no puedo dejar de olvidar a consecuencia de su penoso deceso.
Ahora bien, toda vez que aquí finaliza el relato, sólo queda saludarlos, esperanzado en que hagan caso a mis consejos, yo ya tengo el pasaje en mi poder, un viaje de doscientos kilómetros hasta La Laguna del Ocaso, pues me espera una fría, extensa y asfixiante muerte, una que he soñado cuando pequeño, una que me desde entonces me está aguardando.
Autor: Carlos Adrian Chiocconi |